jueves, 21 de agosto de 2014

ENCONTRAR NUESTRO LUGAR EN LA VIDA



Helena vive a tres cuadras de aquí, en una casa de muro violeta con rodapié azul. Pasa el día cuidando a su abuela parapléjica. Casi no tiene tiempo para ella misma, sólo una ocasional salida de domingo al parque central, a darle de comer a las palomas y leer algún poema de Neruda mientras se le enfrían los pies en una de las bancas de metal.

Hace cinco años la saludé en el parque pero ella me tuvo miedo y se fue rápido. Yo me quedé ahí, pensando que era el ser más hermoso que había conocido, tanto que el estómago me dolía como si tuviese un punzón atravesado.

Yo volví al parque todos los días, pero ella tardó meses en regresar. Terminando la primavera volvió acompañada por su madre, una mujer inexpresiva que le sujetaba la muñeca de la mano izquierda como si fuera una cerradura. Yo las observé de lejos, oculto por unos árboles. Después las seguí.

Empecé a dejar flores en su porche y con el tiempo las acompañé con cartas en las que confesaba mis intensas emociones. Finalmente su padre me encontró mientras dejaba mis regalos, se me acercó y me golpeó con tanta brutalidad que perdí gran parte de mi dentadura.

Ya recuperado escapé de la casa de mi madre y me fui a vagar por la ciudad, buscando los lugares más oscuros que me pudiesen tragar. Eventualmente di con este callejón, rodeado de basura y suciedad, donde el viento trae las palabras y sonidos de su habitación. Una especie de milagro acústico, un regalo sólo para mí.

Ahora sé que reza el padrenuestro antes de dormirse y que repasa en voz baja los poemas que leyó el sábado, con un ligero siseo que me adormece. Por las mañanas saluda al mundo y pide por su familia y las palomas, con el tono preocupado de alguien que cree que todo morirá mañana. Cuando sus amigas la visitan hablan de las muñecas que tuvieron de niñas y de los novios que les gustaría tener, ella siempre calla, sólo ríe con sus ocurrencias.

Desde entonces no necesito moverme de aquí, tengo todo lo que necesito: su voz, sus suspiros, sus murmullos y alguna sobra de comida en condiciones aceptables.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Agosto 2014

Imagen: Collage de César Sancho

domingo, 17 de agosto de 2014

YO TAMBIÉN AMÉ A ÉDITH PIAF


Yo fui uno de los beneficiados por la epidemia del Alzheimer del tipo Chamaeleonidae. Para esa época estaba muy de moda el karaoke y yo llevaba a mi abuela los viernes a un barcito muy bonito que teníamos en el barrio.

Ella siempre se quedaba quieta como si fuese otro mueble del lugar. Yo estaba acostumbrado a esos episodios catatónicos, normalmente los aprovechaba para ponerla al sol y usarla de perchero para las camisetas mojadas. Un día -mientras me lanzaba una buena ranchera junto con mis amigos de la cuadra- ella se levantó como movida por un rayo y cantó “Non, je ne regrette rien” como si Édith Piaf hubiese reencarnado.

Obviamente la banda de incultos presentes la mandó a callar, pero yo supe que me encontraba ante una oportunidad de oro. En pocos días la tenía cantando en las principales radioemisoras de la ciudad y recibimos atención de medios nacionales y extranjeros. Con el tiempo nos invitaron a varios Talk show y programas de variedades. En el momento cumbre de aquel año, el señor embajador francés me dio una condecoración por mi aporte a la promoción de la cultura francófona y mi abuela cantó su “no me arrepiento de nada” ante miles de personas en la apertura del mundial de footbal en Madagascar.

Después todo fue cuesta abajo. La canción había saturado a la gente. En redes sociales se generó un movimiento “Anti Piaf” y tuvimos que mudarnos de casa para evitar las cartas anónimas amenazantes.

Finalmente me llevé a mi abuela a uno de esos “Canjeamos su vejestorio” y me conseguí una octogenaria que bailaba el tap como Ginger Rogers. Monté un acto sabatino que me duró un par de años, hasta que la vieja se murió de un infarto en pleno baile .

Mi abuela terminó viviendo con una familia de músicos que logró sacarle otras canciones del repertorio de la parisina y consiguieron volver a ponerla en la radio y la televisión.

Ahora todos aman a Édith Piaf, otra vez.

Yo me he dedicado a estudiar un poco de química, lo necesario para preparar una bomba que pueda llevar al próximo concierto de mi abuela.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Agosto 2014


Foto: internet

martes, 5 de agosto de 2014

LAS VERGÜENZAS QUE UNO PASA EN ESTA VIDA



Un lunes del mes pasado me desperté como de costumbre a las seis menos cuarto. Bajé por el lado izquierdo de la cama y me fui directo a lavar los calzoncillos del día anterior, un buen hábito que mi madre me inculcó desde que empecé a ir al preescolar, hace más de treinta seis años.

Los pájaros sonaban tan repetitivos que parecía ser otro día ordinario, de esos en los que la rutina te permite andar confiado de que todo saldrá bien. Hasta que metí por tercera vez la pana en la pileta y un tiburón del tamaño de una piña emergió de ella y me arrancó la mano derecha a la altura de la muñeca. Admito que dolió como el carajo, pero pudo más la sorpresa que el dolor y lógicamente me apuré a retirar el muñón de mi calzoncillo, antes que quedara perdido en sangre –que seguramente cuesta medio galón de detergente quitársela-

El tiburón volvió al fondo de la pileta y yo me quedé ahí con un trapo, tratando de contener la hemorragia. A como pude llamé a un tío que suele atender en el centro de salud del barrio, con la suerte que se dilató lo necesario para inventarme una explicación más creíble –y menos vergonzosa- para mi miembro mutilado. No más llegó le solté –con un calculado nerviosismo- la historia de un perro enardecido en un callejón a la vuelta de la esquina, una especie de can cerbero del tamaño de un escritorio de abogado –este tipo de detalles siempre dan más credibilidad- Mi tío algo extrañado me curó lo mejor que pudo y me mandó antirrábicas y una denuncia a la policía que no tardó en diseminar la noticia convirtiéndome en una atracción de circo para morbosos y algunos tabloides.

Superada la tormenta noticiosa, ya estaba pensando que la vida volvería a su curso regular, hasta que ayer por la mañana, lavando con cuidado otro calzoncillo, se llegó mi padre -con sus manías de jubilado- a interrumpirme y todo fue que se acercara a la pileta para que unos larguísimos tentáculos salieran del agua y se lo llevaran al fondo de la pila con todo y pantuflas.

Después de limpiar con el lampazo los grandes charcos que quedaron, pasé mis buenas horas inventando una coartada para la desaparición de mi padre. Finalmente llamé a mi madre para decirle que papá se había fugado al Brasil con una vende enciclopedias, una relación que parecía llevar años cultivándose bajo nuestras narices. Ella me colgó el teléfono sin más.

A como veo las cosas tengo que vender la casa, vaya uno a saber si mañana esa pileta produce una ballena blanca o hasta el maldito Cthulhu. Se la puedo vender al invivible de mi cuñado, que de paso tiene unos críos que no los soporta ni su madre, seguramente que hasta le estaría haciendo un favor a la humanidad. Ya después me compro un piso en algún suburbio decente y por supuesto una lavadora, lo más normal posible.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Agosto 2014

Imagen: internet


lunes, 4 de agosto de 2014

TODAS LAS FORMAS DEL UNIVERSO



A  Borges -como siempre-

En el comedor mi madre me dice que pruebe el aguacate, que ningún bien haré si muero de hambre. Opto por no hacerle caso y miro por la ventana como las nubes escapan hacia el horizonte.

Han pasado cinco días desde la gira al salto de Santa Emilia. Miguel y Josué se fueron todo el camino de bajada saltando como monos en calzoncillos, por más que los callaba no hacían caso, se calmaron hasta que sus cuerpos pálidos sintieron lo helado de la pequeña laguna; casi al unísono pegaron unos chillidos que asustaron a los pájaros de las ceibas que custodian el lugar

Yo me fui por los senderos de una cueva, sintiendo en mis pies las diferentes texturas del barro, hasta que alcancé el costado de la caída de agua. Nunca me atreví a mirar directamente la cascada, mi abuelita chepita siempre decía que era cosa de duendes, que era mejor evitarla. Pero mi primo Miguel venía de Managua, él nunca había visto estas cosas. Desde arriba lo divisé cuando finalmente logró llegar al pie del salto, botó la mochila y se quedó quieto mirando aquello. 

Seguí un rato explorando aquella inmensa bóveda de piedra, hasta que me aburrí. Cuando bajé él seguía en el mismo lugar. Le hablé sin tener respuesta, le toqué el hombro y no se movió. Finalmente me coloqué frente a él y miré sus ojos. Al comienzo no vi nada, sólo el color café miel con reflejos del sol de las dos de la tarde, pero poco a poco me fui metiendo en su mirada hasta dar con un fulgor de luz, la cascada estaba ahí, cayendo para siempre en una danza de luz que formaba todos los animales e insectos que alguna vez conocí, y luego todos los objetos de mi casa, mi pueblo con sus parques e iglesias, todo naciendo y muriendo en segundos que nunca terminaban.

Al final mis amigos tiraron de mi mochila y me di cuenta que el sol ya se estaba poniendo. Tardé algunas horas en recuperar el movimiento, pero Miguel permaneció como una estatua, apenas con un leve rastro de respiración. Los doctores que lo han visto hablan de un coma y su familia está buscando como llevárselo a la Habana.

No creo que los doctores cubanos puedan hacer nada por él. Yo regresaré al salto para ver con mis propios ojos la cascada, cada día aflojo un poco mas las cuerdas que usó mi madre para atarme a la cama, ya pronto, pronto. 


Alberto Sánchez Argüello Managua Agosto 2014

Foto: Simone Montiel

viernes, 18 de julio de 2014

EL REGRESO DE CAPERUCITA


Caperucita se despidió de la abuela, apretó fuerte la canasta de comida y el fajo de dólares bajo su falda y se fue.

Pasó un río amarrada a un neumático. Casi se mata al caerse del techo de un tren en movimiento.  Recorrió un desierto a través de infinitos túneles de tuberías oxidadas y malolientes. Se escondió ocho horas dentro de un camión lleno de caperucitas y finalmente terminó apresada y encarcelada en una frontera.

Ya de vuelta en el bosque -después de un dilatado proceso de deportación- la abuelita llamó a los padres de caperucita para pedirles que enviaran otro fajo de dólares. 

El lobo por su parte prometió contactar un mejor coyote.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Julio 2014




sábado, 12 de julio de 2014

EL MIRADOR


Mi esposa hace el mejor faláfel. Cocina una buena cantidad para ocasiones especiales como esta y nuestros hijos no dejan una sólo croqueta en el plato. Pero esta vez se esmeró y hasta preparó para los vecinos. Ellos agradecidos nos reparten un poco de hummus y pan de pita.

Como siempre trajimos las sillas plásticas que compramos en rebaja recién nos mudamos acá, mi hijo mayor se trajo su tableta, pero yo sé que apenas comiencen las explosiones lo dejará a un lado y me tocará guardarlo antes de que lo dejemos olvidado en el mirador.

La noche está particularmente hermosa: la luna está en creciente y el cielo despejado nos dejará mirar la trayectoria de los misiles sin ningún obstáculo. Apenas nos acabamos de sentar y repartir la comida cuando escuchamos el zumbido en el aire. Los niños gritan y agitan los abrazos celebrando, yo saco mi Smartphone y lo dejo listo para no perder una sólo imagen.

Las columnas de fuego no se hacen esperar, desde la distancia nos llega un griterío ahogado. Yo sólo me dedico a tomar fotos, pero los vecinos se ponen de pie y aplauden gozosos, mis hijos terminan imitándolos.

Un par de horas después el horizonte es un baile de fuego y los gritos de la gente se han terminado por apagar. Nos despedimos afectuosos, mientras le damos una última mirada al territorio palestino, o lo que queda de él.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Nicaragua Junio 2014

Imagen: http://www.veooz.com/media/JHK6jUJ/gallery

miércoles, 9 de julio de 2014

REGULACIÓN



Dicen que habrá un anuncio especial, relacionado con nosotras, posiblemente hoy mismo en cadena nacional de los medios oficiales, que es igual a decir todos los canales de televisión y radio que tienen licencia para operar.

No me quiero hacer expectativas, pero quiero creer que algún cambio es posible, que tanta lucha no fue en vano. Me escondo –como siempre- en los últimos escombros que aún le recuerdan a esta ciudad que la parió un terremoto. Desde acá puedo ver una de las pantallas gigantes de metal amarillo, mostrando el conocido ritual de flores y música que antecede las palabras del Presidente.

Él comienza hablando de los sueños de los próceres, de un continente unido, de los héroes que murieron para heredarnos la leche y la miel, de su esposa que llena de sabiduría cada jornada presidencial, y finalmente habla de nosotras.

En compañía de veinte asesores que representan la verdad oficial en ciencias sociales y políticas, el presidente informa que las  Naciones Unidas han declarado a las mujeres de nuestro país en peligro de extinción.

La gente en la sala hace silencio, la primera dama le pasa un folio a su esposo y él retoma su discurso. Anuncia entonces que su gobierno decreta la regulación del feminicidio: no se tolerará que funcionarios públicos dediquen un asesinato al primer mandatario, las multas por degollamiento -en presencia de los hijos- se duplicarán y los gastos funerarios correrán a cargo del feminicida.

El primer mandatario gesticula enérgico mientras asegura que somos el país más seguro, que nuestra capital acaba de ser declarada la menos violenta del mundo y que los derechos de la familia son los más importantes para su gobierno. Pero yo ya dejé de escuchar, me concentro en contener los gritos para evitar que alguien me denuncié por conducta impropia y termine como el resto de compañeras que han desaparecido en los últimos veinte años.

Mientras el presidente sigue hablando del gran canal, que avanza a razón de cinco kilómetros por año, llenando de esperanza a los grandes poderes económicos de la nación, yo saco mis pocas pertenencias del escondite, ensucio mi cara con tierra y basura y me voy cojeando, pidiendo a mis pies que no me traicionen llevándome hacia la frontera.  

Alberto Sánchez Argüello
Managua Nicaragua Junio 2014


Imagen: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Feminicidio-mujeres-ojo-violencia_0_904709534.html