domingo, 18 de julio de 2010

LA CEGUA


Viernes a la media noche en Managua, los hijos de empresarios y políticos compiten con motos modificadas en carretera Masaya. La zona Hipos se infla de comensales que engullen varios salarios mínimos entre cócteles y boquitas; en las gasolineras circulan los que peregrinan entre bares y fiestas, hacen filas para sus recargas telefónicas y se llevan una que otra lata de cerveza para la jornada de desvelo que les espera.

En la subida de la loma, agotando las cunetas con sus tacones, los travestis y las prostitutas hacen sus recorridos conocidos. Precios variables inversos a la experiencia, tal vez una de las pocas transacciones en que la juventud encarece el precio.

Y eso es lo que busca Fernando, recién vuelto de sus negocios en Guatemala, ya quiere probar la nueva mercadería. Pero él sabe donde encontrar lo que busca y pasa de lejos plaza inter acelerando hacia el Lago en su Lexus sin placas.

El no quiere lo usado, su nariz busca el olor de lo nuevo, apenas recién salido a la calle, de lo que solo se encuentra por el Malecón. No será la primera vez que hace este recorrido, si hasta tiene su marchanta que le avisa por encargo cuando una niña va a estrenarse. En los barrios del Lago saben que paga buenos dólares, pero solo la primera vez, por eso le llaman el “Rompedor”

El Lexus azul de vidrios oscuros aparece moviéndose despacio frente a la concha acústica y la seño Yamileth se lo queda viendo desde la plaza Juan Pablo II, ya se lo tiene medido el carro y llama por celular a las chavalas para avisar.

“Ya vino” dice con cierto entusiasmo por la comisión que le viene y se mueve hacia la cuneta por el lado del teatro para recibirlo. El vehículo se acerca y el vidrio del copiloto baja lo suficiente para dejar escapar la voz del conductor “¿me tiene algo fresquito?” pregunta con tono ansioso y la seño le guiña el ojo desde afuera mientras le señala hacia el parque de la revolución “allá están para que las conozca, ya saben que va para allá”

Fernando no se hace esperar y mueve el vehículo en la trayectoria precisa hacia su destino. Al llegar no se baja, sino que abre su ventana y mira hacia afuera como se acercan las siluetas de tres chavalas. Dos de ellas lo miran con miedo, sus rostros, a pesar de la máscara de maquillaje, no logran ocultar su verdadera edad y sus cuerpecitos apenas sostienen los vestidos plateados que una mano con mal gusto corto para aquella ocasión.

La tercera tiene un pelo negro que casi le cubre el rostro, pero aún debajo de la espesa cabellera Fernando puede ver el brillo de una mirada que lo fulmina y trastorna a la vez. Casi no tiene maquillaje y su vestido negro de una sola pieza se ajusta como echo a la medida.

“Esa” dice Fernando sin notar que está salivando. La seño Yamileth que ya está ahí se asusta al ver a la tercera chavala y se acerca al cliente “Don Fernando, esa no es mía, nadie la había visto nunca” el hombre casi no le escucha, su mirada está perdida en la lujuria que lo consume “No me importa, esa quiero” repite y la seño se siente consternada ante la situación. Por un momento intenta tomar a la intrusa de la muñeca para correrla, pero al tocarla su mano queda agarrotada con un dolor helado que le clava agujas en la articulación. Se tapa la boca para sofocar el grito de dolor y no se mueve mas mientras mira a la chavala entrar en el Lexus. “Ese ya no es mí problema” piensa, a la vez que se lamenta de perder tan buen cliente, “Porque ese ya no volverá” dice en voz baja y se va con las niñas.

Fernando no se ha dado cuenta de nada, solo maneja frenético hacia carretera Masaya, con su presa bien arrellanada en el asiento de al lado. Sus fosas nasales están invadidas por el sutil aroma de la piel de esa chavala extraña, que no conoce pero que pronto poseerá.

En la entrada del Motel le ven pasar, cliente conocido de años, mandan a preparar los jugos de naranja y los camarones antes que él los pida. Fernando se mueve despacio, quiere degustar la noche con todos los placeres que le esperan. Él le abre la puerta y le muestra el acceso al cuarto especial, antro con fuentes de cemento y camas de fantasía, ella camina con lentitud mientras su cabellera nunca acaba de mostrar su rostro.

El se mete al baño y se prepara para el festín, aún sin percatarse del ominoso silencio y mortal tranquilidad de la chavala. A Fernando le preocupa más su barba mal cortada y el mal olor de su boca, así que se toma su tiempo para afeitarse y darse un baño completo, aumentando aún más su ansiedad por tenerla.

Al salir del baño el vapor de la ducha se confunde con la oscuridad helada de la habitación, con torpeza avanza en la oscuridad y se tropieza con una tela tirada en el piso, al levantarla descubre que es el vestido negro de una pieza, se lo pega a su nariz y lo aspira varias veces hasta casi marearse.

Fernando se despoja rápidamente de las pocas ropas que aún lo cubren y avanza en la oscuridad, apenas herida por la luz vertical que surge del cuarto de baño atrás de él “¿Donde estas amorcito?” pregunta con palabras dulces mientras se imagina tomándola de la cabellera, pero no hay ninguna respuesta.

Al hombre le gusta el juego, pero después de golpearse con la fuente empieza a perder la paciencia y su ansiedad se ha vuelto insoportable “¿Qué te hicistes jodida?” dice en una voz que no oculta su enojo y esta vez si hay una respuesta, una risita jocosa a su izquierda, como revelando el final del juego de las escondidillas.

Fernando se vuelve a animar y se voltea hacia la risita y sus pies sienten algo suave, lo levanta pensando si será la ropa interior de su platillo principal y al aspirarlo se extraña del olor a cirio quemado, cuando lo alza más hacia el reflejo de la luz se percata horrorizado que es piel humana, como un traje, desde los pies hasta la cara y una cabellera negra pegada al cuero cabelludo. En la espalda como cremallera, una abertura sanguinolenta muestra el lugar de salida, ¿pero de que? Fernando corre hacia el baño para encerrarse, pero el suelo está mojado por sus propios pasos y resbala pegando su cabeza con la parte baja de una de las camas….

Medio inconsciente por el dolor del golpe, ve una figura que se arrastra hacia él, un fuerte olor a sangre y monte se mueven con ella. Ya cerca puede distinguir en medio de aquella masa informe de carne, pelo y sangre, unos ojos negros que le queman su mente, sus gritos se ahogan entre la masa que se le mete entre su garganta, el silencio lo cubre todo.

Cuando llaman a la ambulancia cuatro horas después, es muy tarde para Fernando, sus ojos están perdidos, una baba desconocida le cubre todo el cuerpo y a pesar de no encontrar herida o golpe, el hombre no responde a ningún estimulo, “si hasta parece jugado de Cegua” dice uno de los camilleros, mientras se lo llevan al área privada del hospital psiquiátrico.


Alberto Sánchez Arguello
18 Julio 2010

miércoles, 7 de julio de 2010

EL DIKUTNA


Han pasado siete días desde la última inundación en Musawas, la capital del mundo mayagna. Las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos se juntan por las noches ante las hogueras, para rememorar tiempos anteriores bajo la mirada atenta de los sukias, los chamanes de la comunidad.

Todos esperan algo, una señal que les muestre si deben volverse invisibles como los ancestros que escaparon de la guerra de los diez años, que es la manera como se llama en la historia mayagna a los enfrentamientos entre la contra y los sandinistas.

Durante aquellos diez años algunos habían echo un pacto con Asangba el antiguo Dios, desobedecido por los abuelos y abuelas mayagna; le pidieron que los volviera invisibles ante los ojos de los españoles, a ellos, sus familias, bienes y animales. El Dios les había concedido su deseo y ahora en aquellas comunidades solo rocas y madera eran visibles ante la mirada de los que venían del Pacífico; ellos habían logrado escapar de la desdicha de las balas, de la destrucción de sus casas, porque mucho había sufrido el pueblo mayagna a manos de los miskitos, los ingleses, los españoles, Pedrón, la Contra y los gobiernos de la llamada Nicaragua.

Una vez más la historia mayagna volvía a ser de desgracia y la gente no sabe decidir su propio camino, así que miran en el fuego buscando entender en su movimiento el mensaje oculto del Universo, alguna señal que les diga que hacer, hacia donde ir. Pero el fuego no quiere hablar, solo la mirada inescrutable de los sukias parece entender algo en medio de aquel fastuoso baile ígneo.

Abelino se puso de pie y todos hicieron silencio, era el abuelo mayor, el sukia mas antiguo descendiente de aquellos pocos que habían luchado contra los miskitos cuando fueron expulsados por ellos hacia el interior de la selva. Su rostro, surcado por mil arrugas, mostraba la preocupación de un hombre que siente la carga de su pueblo en la espalda.

Abelino tomo una vara de granadillo y empezó a hablar despacio moviéndose alrededor del fuego:

“Los primeros hermanos dieron existencia a las montañas, a las lagunas, a los bosques, los ríos y sabanas; entonces los dos hermanos, creadores del mundo Mayagna, remaron sobre un río en un pipante pequeño. Pero una correntada del río los volcó y cayeron al agua y tuvieron que nadar hacia la orilla para salvarse. Sintiendo frío buscaron las piedras Ki Pau y con ellas encendieron un fuego, chocándolas para producir chispas y tomar un pedazo de tuno para así prender el fuego. Los hermanos tenían hambre así que se metieron al monte donde hallaron maíz, que cortaron y tostaron para llenarse. Luego echaron las mazorcas de maíz en distintos lugares, las mazorcas que echaron en el suelo de inmediato se transformaron en animales y corrieron en todas las direcciones, las que echaron en el río se transformaron en peces y las demás se transformaron en pájaros y salieron volando. Asombrados por aquella vida creada y sorprendidos por la forma extraña que mostraba, los hermanos se durmieron. Lueg, en lo más profundo de la noche, Papang, el hermano mayor despertó cuando sintió que el fuego de la hoguera lo había alcanzado. Cuando este empezó a estar ardiendo en llamas se desprendió de la tierra y subió hacia lo más alto, hasta que su hermano menor solamente logró mirarlo como punto grande, redondo y ardiente en lo más alto del cielo, fue así como llegó a ser el Sol”.

Los más jóvenes que por primera vez escuchaban la historia de la creación, se preguntaban en silencio si sería cierta, después de todo aquellas narraciones mágicas y misteriosas parecían fantasmas grises que se desvanecían cada ves mas cuando se enfrentaban ante el avance de los ladinos en las tierras ancestrales, ninguna divinidad, ni siquiera el propio Papang, parecían capaces de parar la tala del bosque y el robo de las tierras.

Abelino sintió las dudas que carcomían los corazones de los jóvenes y volvió a hablar mientras su rostro era esculpido entre sombras y luces por el fuego:

“Ahora es el momento de actuar nosotros. Hemos sido responsabilizados por los hermanos para cuidar del río, la tierra, el danto y la Ceiba; allá en la oscuridad se mueven las armas de metal de los hombres ciegos, ellos vienen quitando y matando lo que no les pertenece, nuestra magia aún está intacta, usaremos El Dikutna”

Las últimas palabras tuvieron un efecto impactante en el grupo, adultos y niños repetían el término casi olvidado. “Dikutna” decían, separando las silabas, saboreando la sensación de vocalizar la palabra que evocaba imágenes de muerte, una esperanza oscura reservada para los momentos más terribles de la historia mayagna.

Los abuelos más viejos recordaban aún lo que sus abuelas les contaban de las guerras entre miskitos y mayagnas. Mucho tiempo habían resistido el embate de los miskitos hasta que los ingleses proporcionaron armas y machetes a sus enemigos; los mayagnas se tuvieron que esconder en las montañas, en los pantanos, pero algunos de ellos habían juntado sus saberes y construyeron la bomba de los sumus: El Dikutna.

El poder del Dikutna provenía del sukia, quien se relacionaba con los espíritus de la montaña, de los ríos, del cielo. Aquel era el poder último de los sukias, que se alimentaba del miedo de los enemigos.

Abelino mandó a traer el líquido del árbol de chicle, el Malaktah, recogido en horas tempranas. Hizo un agujero en la tierra con sus manos y dibujó con una rama a la orilla del agujero figuras cóncavas del lagarto, el tigre, la tortuga y el congo.

La comunidad se había reunido toda alrededor de Abelino; en un gran círculo miraban con detenimiento como el sukia mayor revelaba la magia antigua, echando el líquido del chicle en los dibujos de la tierra; algunas horas después en medio de cantos el líquido se había secado, aquello era El Dikutna.

Entonces Abelino pidió silencio y empezó a hacer vibrar su garganta, haciendo sonidos guturales, a veces parecía un congo, otras sonaba a danto. En el monte se escuchaba el sonido de los animales respondiendo, pero nadie se movió, sabían que en el ritual del Dikutna no se podía cazar, estaba vedado matar.

Algunos animales aparecieron a las espaldas de Abelino, un Ocelote, un congo y varias serpientes se fueron acomodando cerca del Sukia sin temer a la gente ni al fuego. El abuelo mayor tomó entonces una rama de ocote y prendió fuego a las figuras de chicle y el entró rápidamente a la hoguera como si fuera Udu, el primer sukia, mediador del pueblo mayagna ante Papang, el que acompaña a los espíritus de los muertos hacia su nueva existencia.

Abelino era lamido por las lenguas de fuego sin sufrir daño, mientras bailaba y entonaba los cánticos del Dikutna. Entonces los animales de chicle empezaron a flotar, como pequeños globos de aire caliente y la hoguera se volvió más y más fuerte hasta convertirse en una columna visible desde los montes más lejanos.

El Dikutna ya estaba volando, dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales, hacia las casas de los ladinos que ocupaban el territorio mayagna, listo para estallar y propagar enfermedades mortales entre ellos.

La comunidad entera miraba hacia el cielo estrellado cuando se escucharon pasos desde el monte. Al inicio, tan concentrados como estaban en el vuelo del Dikutna, atribuyeron los sonidos que eran otros animales que acudían al llamado del sukia, pero no tardaron en descubrir su error cuando entre las sombras aparecieron las figuras de veinte hombres armados con Akas y machetes, y a pesar de que nadie los conocía todos sabían quienes eran.

Uno de ellos, un hombre moreno, alto y delgado, vestido de pantalón militar y camisa manga larga señaló a Abelino y le gritó con desprecio: “Vos brujo ¿no ves que eso no nos asusta?, ya se deberían haber ido de aquí, el único poder que existe es el de nuestras armas y nuestro dinero”

La comunidad guardó silencio, sabían que estaban solos, Bosawas entera era tierra de nadie, allá en Managua, la capital de los españoles, diputados y madereros por igual ya se habían distribuido la propiedad de la selva ancestral mayagna.

“Váyanse ahora indios de mierda, esta tierra ya fue comprada, váyanse con sus brujerías del infierno”

Pero nadie se movió, Abelino vio debajo de las sombras que proyectaban las gorras de algunos de los armados, el brillo del temor al ver El Dikutna volar en lo alto, pero su reacción de cambiar la trayectoria de los animales de chicle tardó más que los pocos segundos del movimiento de veinte dedos que activaron las armas hacia hombres, mujeres, niños, niñas y animales.

Las ráfagas segaron toda la vida que se hallaba a su paso, repitiendo la historia de las guerras con los miskitos, los asesinatos de Pedrón, las matanzas de la contra, los niños que murieron en la evacuación de Tasba Pri; una y otra vez muertos por los otros, una y otra vez expulsados a sangre de sus propias tierras.

Abelino con siete descargas de plomo entre sus piernas y su pecho, fue el que más tardó en morir, usó la energía que le quedaba para grabar las últimas imágenes de la comunidad muerta: los armados registrando los cuerpos en busca de algo de valor, algunos escupiéndolos al no hallar nada, otros persignándose al ver El Dikutna alejarse a lo lejos brillando en el cielo, los niños ojos abiertos cara en la tierra, los hombres aún aferrados a varas y piedras en un intento desesperado de defenderse.

Siete días desde la última inundación, en Musawas la capital del mundo mayagna, las pocas familias que no fueron evacuadas por las crecidas de los ríos están juntas alrededor de una hoguera, sus cuerpos están dispersos en charcos negros de sangre y en el cielo, su legado el último Dikutna, busca su destino en la insondable oscuridad.



Alberto Sánchez Arguello
7 Julio 2010
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Imagen cuadro de Augusto Silva


Denuncian venta ilegal de áreas boscosas de reserva nicaragüense de Bosawás

Blanca Molina, asesora legal de las comunidades indígenas que viajaron a Managua la capital nicaragüense para realizar la denuncia ante la prensa, afirmó que las áreas de bosque húmedo amenazadas de ser taladas en enero próximo pertenecen a la comunidad de Sikilta, en Bosawás, la reserva de la biosfera más grande de Centroamérica.

Precisó que estas áreas amenazadas se hallan a orillas de los ríos Uly, Wasma y Puput, y están declaradas zonas de reserva forestal por la Asamblea Nacional, pero han sido invadidas y colonizadas por 37 familias ajenas a las comunidades indígenas.

La zona amenazada abarca 39.069 hectáreas de la Reserva de la Biosfera de la Unesco en la región limítrofe de Siuna, Bonanza y la provincia de Jinotega, ésta última fronteriza con Honduras, dijo Molina.

Los líderes indígenas formularon un llamamiento a las autoridades del Gobierno central y al Ejército de Nicaragua para que visiten la zona y constaten la veracidad de la denuncia y evitar así la devastación de esa inmensa zona boscosa de manera ilegal.

Camilo Lara, directivo de una organización ambientalista no gubernamental, aseguró que en los sectores de los ríos Wasma y Puput ya se pueden observar aserraderos.

Bosawás corre peligro por los planes para talar su corazón boscoso, donde se están vendiendo terrenos y dividiendo parcelas con documentos de propiedad falsificados, denunció.

"Si este bosque llega a ser talado, estaríamos poniendo en la lista roja una serie de especies en peligro de extinción que todavía preservamos en la zona de Boasawás", advirtió.

Según Lara, en esta venta de parcelas que se realiza en parte del núcleo de la reserva, donde está prohibido habitar, "hay una mafia forestal organizada y confirmada", aunque no dio ningún nombre.

EFE
29 Diciembre 2009

domingo, 2 de mayo de 2010

Los Ahuizotes


La lluvia hace estragos en el callejón de la muerte del mercado mas grande de Centroamérica, el coloso del Oriental, lleno de vericuetos y laberintos, mas de diez mil personas moviéndose como hormigas, una de ellas se llama Daniel e inicia su mañana en la parte mas oscura del callejón, entre charcos de lodo y basura, levantándose del suelo cubierto de periódicos usados y plástico negro, con hambre desde ayer y con la misma ropa desde hace mas de un año.

Son las seis y media de la mañana y el muchacho de doce años comienza su día con el último resto de pega que le queda en el tarrito de vidrio, se lo acerca a la nariz y se cubre con una bolsita para atrapar hasta el último vapor antes que se le agote, quiere olvidar las pesadillas, ya son siete noches que tiene de sentir que le jalan los pies en la oscuridad y oye gemidos por los callejones.

Estando todavía en el alucín llegan los otros tres miembros de la pandilla de las hormigas tambochas, los más infames “huelepegas” del mercado, conocidos por sus robos violentos y sus múltiples violaciones a las niñitas inhalantes que se pasean por el gancho de camino.


“Apuráte chavalo que ya abrieron el chante de la Luciana y están moviendo mercadería por la lluvia, vamos a ver que le sacamos” le dice Juan el mayor, pero Daniel esta todavía volando y lo único que le interrumpe es la picazón que le carcome las piernas. Martin el bizco, le hace un gesto a los otros dos y lo cargan a patadas para que los atienda, Daniel se deja un rato, le rompen el tarro y le aplastan los testículos dos veces, pero finalmente se levanta y le rompe la boca a Josué el más chiquito.

Ya más calmados los chateles rodean el mercado por zonas donde nadie les haga caso, evitando las miradas de comerciantes que llevan meses buscándolos para mandarlos al distrito cuatro de la Policía. La Luciana, una octogenaria originaria de Jinotega se vuelve a apiadar de ellos y les da algunas naranjas golpeadas y unos maduros que la pandillita se come vorazmente no dejando ni las cascaras.

Ya son las diez de la mañana cuando Juan señala hacia un vendedor nuevo que está trasegando ropa, se le acercan por detrás pero Daniel ya esta tembloroso y hace muecas con la cara que hacen reír descontroladamente a Josué, el vendedor se alarma y descubre a los ladrones, grita por ayuda mientras lanza golpes a los mas cercanos, Martin recibe la peor parte y lo agarra la "pesca" del mercado mientras los otros toman lo que puedan y salen corriendo por los callejones.

La carrera es desenfrenada, botan todo lo que se encuentran, los charcos que explotan bajo sus pies y los "hijuepuetazos" que les lanzan los vendedores al pasar hacen reír a los niños, lo sienten como un juego, como si fuera el pegue o las escondidillas, al final se separan en distintas direcciones entre carcajadas y brincos.

Daniel está solo de nuevo, pero está bien, camina lejos del mercado, sintiendo el fuego del asfalto mientras baja hacia el Lago, pegado a su corazón un nuevo tarro de pega y en los bolsillos de su pantalón roto algunas monedas que le sobraron de la venta de lo robado.


Cuando pasa al lado del campamento del Nemagón le parece mirar a los viejos y viejas enterrados en sus hamacas y ante sus ojos se transforman en muertos que se derriten como candelas al calor de la capital, y de repente se asusta cuando le parece ver unas sombras largas que se le acercan desde los eucaliptos. Daniel se restriega los ojos y casi se le cae el tarro pero no hay nada ahí más que las casuchas de plástico negro”, así que sigue su camino.

El Lago de Managua es un lugar hermoso para Daniel, le recuerda una de las pocas cosas bellas de su vida, las visitas a la laguna de Apoyo con su abuela, la única persona que lo abrazó alguna vez. Por eso, siempre que puede se va para allá, pasando el Teatro Nacional los bares del malecón, hasta llegar al parque frente al Xolotlán y bajar a la orilla, sentarse en la arena para sentir la brisa y mirar hacia el horizonte de agua que cubre toda su visión.

Ahí Daniel se siente seguro, no hay nadie cerca y saca el tarrito para volver a volar, inhala hasta que la nariz le duele y la picazón se vuelve casi insoportable, los sonidos del agua y del viento se intensifican y mira colores brillantes en las copas de los árboles y en las nubes.


Después de varias horas absorto en el movimiento de los pájaros, Daniel tiene la sensación de no estar sólo, la piel se le pone de gallina y un temor le invade el cuerpo como si estuviera haciendo frío en su estómago, al poner el tarrito en la arena escucha gemidos que vienen desde el agua, un escalofrío le recorre la espalda cuando mira sombras con el rabo del ojo, son varias figuras como echas de humo.

El sabe quienes son y mientras está petrificado sintiendo los movimientos a su alrededor, recuerda a su abuela, contándole de los Ahuizotes, los espinosos, los que se encuentran cerca del agua, apariciones sin consistencia recordadas desde siempre por los pueblos de Monimbó, el mundo indígena de Masaya.

Los mira moverse a su lado, escucha movimiento en las ramas de los árboles y por momentos parece que la sombra de una mujer larga se refleja en el agua y pasos se dibujan en la arena frente a él.

Las sombras murmuran su nombre, y Daniel ha comenzando a temblar de nuevo y hacer muecas raras con su cara, pero entre los rictus faciales efecto del tóxico inhalado, sonríe y hasta empieza a reír mientras se levanta para moverse junto con los espíritus, y con el sol ya cayendo en el lago, baila con los Ahuizotes, sintiendo sus toques helados en sus brazos y piernas, sus murmullos y gemidos que le arrullan con suavidad, en esta noche en Managua, Daniel ya no volverá a estar solo.


Alberto Sánchez Arguello
2 Mayo 2010

viernes, 30 de abril de 2010

Ni Nota Roja ni Estadísticas


Josefa se pasa la mano por la boca para limpiar la sangre, el ultimo golpe de Rubén ha sonado muy fuerte y teme que los vecinos del lado hallan podido escucharlo, conciente del peligro de un escándalo se mete hacia el cuarto, esperando que Rubén se calme o al menos la siga golpeando lejos de oídos indiscretos.

El iracundo marido la persigue pensando que le desafía con su escapada, de paso toma el cuchillo de cocina mas grande que atina a pasar a su lado; Josefa, ya dentro del dormitorio principal, mira el reflejo del metal pulido en la mano de Rubén, la mujer tarda varios segundos imaginando su sangre ensuciando las níveas sabanas y las alfombras iraníes, herencia de su madre, decide moverse hacia el baño, al menos los azulejos y las alfombras plásticas pueden lavarse con rapidez.

El primer filazo lo recibe la mano del anillo matrimonial, Josefa no grita, más que el dolor le inquieta la posibilidad de que alguien llame a la policía o peor aún, a los noticieros. Finalmente las cuchilladas le zurcen el estómago y mientras cae poco a poco al suelo alcanza a decir con un hilo de voz: “limpia bien, sal de la casa y di que fue un robo, no quiero aparecer ni en nota roja ni en estadísticas”… Rubén totalmente fuera de sí con lo que el cree que es una burla acaba su matanza con un degüello.

… tiempo después, ya calmado, le hace caso a su mujer.


Alberto Sanchez Arguello
30 Abril 2010

jueves, 29 de abril de 2010

Bajo la Cama


Miriam estaba en su cuarto, era la tercera vez en la noche que intentaba ir al baño, pero debajo de la cama el monstruo podría estar esperándola, de vez en cuando miraba hacia el rincón oscuro cerca de sus pies, el miedo la aterraba pero las ganas de orinar hacían salir lagrimas de sus ojos, calculaba cuanto tiempo tardaría en saltar y correr hasta la puerta antes que los tentáculos verdes espinosos la sujetaran de sus piernas, debajo de la cama el monstruo casi ni respiraba tratando de no revelarle a la niña su posición, deseaba que se durmiera para poder escapar antes que lo atrapara para comérselo a mordiscos.. los dos contaron hasta diez y entonces salieron al mismo tiempo…

Alberto Sanchez Arguello
29 Abril 2010

miércoles, 21 de abril de 2010

El Reino de los Espejos


Yo vivo en el reino de los espejos
Reflejando la locura de mi ciudad
Juegos políticos de poder y dominación
Vos contra mí, ellos contra nosotros
Todos contra el pueblo
Y el pueblo una palabra usada
Manoseada, utilizada, despedazada
A este punto alguien en los mercados
Campesinos analfabetas del norte
Indígenas olvidados del sur
Mujeres asesinadas en los diarios
Detrás de los espejos
Detrás de los juegos políticos
De mi nación

Nadie me avisó de cuando llegue aquí
Me divertí viendo los “pushanpull” volar
Me dijeron ganó el frente
Y yo dibujé contra La Prensa y el emperador
Un gringo allá arriba a donde llegan los mojados
Cantaba a los ríos de leche y miel
Nosotros éramos los buenos
Ellos tenían a la contra
Nosotros éramos la revolución

Años después mi padre escupió el rojo y negro
Se movieron de izquierda a derecha
Y ni permiso pidieron
Vos vistes al frente llorar en el 90?
También supe de la piñata
Y me dijeron que había perdido el Frente
Compactaron a medio mundo
Ví nacer el Córdoba, la nueva deuda nacional
El engorde de alemán y el gobierno desde abajo
No me divirtieron los adoquines de mi ciudad sitiada
Los primeros pactos que conocí
Y yo aún sin opinión política
Solo el préstamo de mis padres amargados
A quien creer que ya no éramos la revolución?

Viví el robo de Ibarra, Lacayo, alemán
Y claro, los ministros de don Enrique
Todo es cierto y nada lo es
Porque solo lo usan para venganzas
Arreglos, componendas y más
Aquí entra Unión Fenosa
Firman el AdA y matan Bosawas
Mientras nosotros nos hartamos novelas
Chupamos ron y seguimos el baseball
Maje cambia el canal
Ya me hartaron las noticias
Quiero mi dosis de sábado gigante.

Ahora criticar a los funcionarios públicos es político
Reclamar derechos es ser de derecha
Ser de izquierda es ser un aprendiz de dictador
Dictador imitador de Chávez, castro y otros majes
Aquí no hay centro, solo camaleones en movimiento
Vos y yo donde estamos?

Será que mi mundo de espejos
Alguna vez tuvo funcionarios
O toda la vida han sido políticos?
Será que en mi mundo de espejos
Alguna vez hubo ciudadanos
O toda la vida hemos sido clientes
Leales a personas y caudillos?
Será que en mi mundo de espejos
Alguna vez hubo crítica
O toda la vida ha habido connivencia
Fanatismo y obediencia?

He evitado por años escribir
Contarte de mi mundo de espejos
Por si me etiquetan
Y yo ni cuenta me doy
Pero si querés llamarme de alguna manera
Ponerme en tu bando o en el otro
Yo me muevo para donde querrás
Moverás solo el reflejo
De tu propio criterio
A ver si alguna vez hablamos
Dejando el estomago fuera de esto
A ver si un día botamos los espejos
Para vernos a los ojos
Vos y yo
Sin partido
Sin filiación
Sin lealtad
Solo con una cosa
Una nada más
nuestra verdad.


Alberto Sánchez Arguello
21 abril 2010

domingo, 18 de abril de 2010

La Carreta Nagua


Managua tiene fiebre, ya alcanzó los cuarenta grados y aunque ya han pasado más de siete horas desde la puesta del sol, parece que el frescor de la noche no va a llegar nunca, es Abril del dos mil diez y las lluvias aún se harán esperar. La ciudad está inquieta en su cama, en los barrios y los asentamientos, la gente se remueve en sus cuartos, mojados de sudor, entre ellos Doña Marta Espinales. A sus sesenta años, a pesar de estar acostumbrada al infierno de Chinandega, la capital no la deja de sorprender ingratamente Doña Marta cada día, y su cuerpo, de por si envenenado de agroquímicos, se retuerce por el sopor.

Doña Marta se levanta de su hamaca, jadea quedito por falta de aire, obligando a sus pulmones a responderle, mientras se tranquiliza mira hacia los lados reconociendo los plásticos negros que sirven de casa para ella y su marido en la ciudadela del Nemagón, refugio olvidado de campesinos, hombres y mujeres que trabajaron y vivieron en bananeras en occidente en los años 70 y 80, cuando las irrigaciones del Fumazone se hacían desde las mismas tuberías de agua potable, cuando por las noches las bananeras usaban las tuberías para el riego del veneno sobre las plantas y de día, de las mismas tuberías, los trabajadores bebían agua, cocinaban y se bañaban en veneno.

Doña Marta, al igual que miles de otras mujeres había sufrido un aborto por el veneno y un cáncer de útero junto con un hígado enfermo y sus articulaciones duelen tanto que por días pasa sin poder moverse.

Ella está cansada de esperar, marchó ciento cuarenta kilómetros de Chinandega a Managua junto a mas de cinco mil campesinos y campesinas en el dos mil cuatro, lleva cinco años junto a Casimiro, viviendo bajo plástico negro; ha visto a los hombres marchar en calzoncillos buscando la atención de los diputados, ayudó a poner cruces y hacer fosas en alguna ocasión y ella junto con los demás pasó la vergüenza de tener que esconderse para que pasara el “Carnaval por la vida” cuando Herty Lewites era alcalde y ellos afeaban la vía publica. Pero ella sabía que así era Managua y que ellos no eran más que una parte del paisaje, una postal que recordaba la miseria del país.


Doña Marta está acostumbrada a sentir como su cuerpo se consume cada día un poco mas, cada vez menos aire, cada vez menos energía para cocinar un plátano en el fogón y preparar el café para el día, pero en medio del silencio muerto de esta noche sin luna, siente algo distinto, como un peso en el vientre, un dolor agudo en el corazón, se ha dado cuenta que su tiempo ya está extinto y ha decidido que no va a luchar más, la verdad es que ya quiere descansar.

Entonces escucha los aullidos de los perros, un sonido largo y triste, se da cuenta de que a pesar de que no son más de la una de la mañana en viernes, no hay vehículos circulando ni nadie cruzando en las cunetas. Cierra los ojos para escuchar más allá y poco a poco llegan a sus oídos otros sonidos desde el lago, algo viejo, como a punto de quebrarse, una bulla como de huesos pegando con huesos, al poner sus pies en la tierra puede sentir un movimiento, lento, pesado, y mientras mas cerca está los aullidos se vuelven mas lastimeros, casi desesperados, hasta que no hay mas nada, solo el sentimiento claro de que algo viene subiendo por la antigua Roosevelt, la calle principal.

Doña Marta se incorpora de la hamaca, sus piernas flacas con costo le dan para caminar pero ya llegó el momento y siente una paz que en los tres años de estar en el campamento no ha experimentado.


Recuerda su infancia cuando escuchó aquel mismo sonido, en su comunidad de Chinandega, “llega la carreta” le había dicho su tata y ella se había quedado muda del espanto imaginando miles de esqueletos arrastrándose en la oscuridad; ahora ella no tiene miedo, ella conoce el verdadero horror, los niños nacidos sin cerebro, las “niñas de trapo” que no pueden hablar, ni caminar, ni agarrar, con huesos débiles y frágiles, ella conoce el espanto de los agroquímicos.

Ahora espera agradecida de que halla llegado hasta ahí por ella, es como recuperar un poco de dignidad en medio de tanta desgracia.

De pronto su cuerpo le responde como si tuviera veinte años menos, nadie se percata de aquel milagro, en aquella noche los únicos despiertos son ella y los grillos que habían enmudecido ante el espectro que estaba acercándose a la ciudadela.


Doña Marta respira el aire seco y besa la frente de su Casimiro, es hora de partir, camina descalza hacia la calle a tiempo de recibir la enorme carreta desvencijada que jalan un par de bueyes oscuros y flacos, arriba, la Quirina, una mujer de vestido blanco que le llega hasta los tobillos y largos cabellos negros le señala la parte de atrás y Doña Marta se monta, al hacerlo siente un cosquilleo por todo su cuerpo y es como si un sueño le entrara desde los pies hasta dejarla en un estado casi inconciente, intenta aún ver el rostro de la mujer pero la oscuridad de la noche y sus cabellos lo ocultan, a pesar de los postes de luz las sombras siempre parecen cubrirla.


La carreta empieza a moverse y parece haber otros con ella, pero solo reconoce siluetas como echas de humo a su alrededor, la marcha lenta pero segura continua hacia arriba, buscando la loma del Hospital Militar, afuera mira al guarda de king cuality dormido, totalmente derrotado por el calor, y más arriba los trasvetis durmiendo en las bancas, solo uno de ellos medio dormido mira la aparición y se pone tan blanco que parece papel de lino, Doña Marta sonríe.


Ya casi cerrando los ojos Doña Marta se da cuenta que la siguiente parada es la catedral, seguramente la carretonera tiene pasajeros pendientes entre los cañeros, algún riñón habrá fallado en la espera eterna del dialogo con la familia mas rica de Nicaragua, no importa, en la carreta hay espacio para todos, y con ese ultimo pensamiento cierra totalmente sus ojos.


NOTA: imagen foto de JAIME BUITRAGO GIL

Alberto Sánchez Arguello
18 Abril 2010