Los ocupantes de la casa dormitan bajo las
sabanas. Todos menos uno que camina sigiloso entre los cuartos. Lo despertó el
golpeteo suave de las gotas que caen sobre el tejado. Baja despacio, cuidando de no hacer crujir los escalones de madera. Avanza hacia la puerta
principal y toma el paraguas con tanta ansiedad que casi se le cae. Sale al escampado
y se detiene para respirar el olor a tierra mojada. Cierra los ojos y
escucha el sonido del agua cayendo, le parecen notas musicales. Es ahora o nunca se dice, sus padres despertarán
pronto. En casa ha dejado las piyamas: está desnudo sintiendo la brisa en los
pies. Suelta la única protección que sostenía en su mano y extiende sus brazos
en cruz. Las gotas parecen pequeñas agujas sobre su cuerpo y experimenta
un extraño cosquilleo. Siente sus piernas flaquear y sus brazos disminuir. Abre
los ojos y mira que sus extremidades se están disolviendo rápidamente. El niño
de sal finalmente entiende porque su mamá nunca le ha permitido mojarse bajo
la lluvia.
Alberto Sánchez Argüello
Managua, Nicaragua 2013


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