El color azul
desvaído de este cuarto me recuerda al mar. Cuando éramos niños nos llevaban
ahí todos los veranos; era el viaje tradicional de la familia. Montábamos la
comida, la tele y unas hamacas en una mazda
station vagon año 76 y sufríamos gustosos las tres horas de viaje en
carretera y caminos de tierra. Este era uno de los pocos placeres que mis
padres podían pagar con sus salarios de empleados estatales. Desde que recuerdo
ellos han trabajado para el gobierno; mi madre como funcionaria de mando medio
del ministerio de relaciones externas y mi padre en diferentes puestos, nunca
del todo conocidos, en el ministerio de defensa. "El Estado nos
cuida" decía mi mamá y mi hermana estaba de acuerdo; yo por mi lado, en
esas visitas al mar recorrí el pueblito costero y conocí tantas historias de
vejámenes de parte de las autoridades locales, que me fui formando mi propio
criterio. Mi padre me ponía la mano en el hombro y me apretaba con fuerza para
luego sobarme la espalda "No todo sale bien siempre, lo que importa es que
el gobierno tiene buenas
intenciones" me decía con una voz suave. Cuando empecé a ir a la
universidad me encontré con los hijos de otros funcionarios públicos que, al
igual que yo, estaban indignados con la manera en que se estaba gobernando el
país. Empezamos a reunirnos, organizamos marchas, conspiramos. No pasó mucho
tiempo para que oficiales de civil nos secuestraran de uno en uno. Yo fui el
último. Ahora estoy en este cuarto azul esperando al torturador. Se abre la
puerta detrás de mí y por unos minutos el visitante no me dice nada. Luego, una
mano grande y temblorosa me aprieta fuertemente el hombro y recorre despacio mi
espalda con la palma abierta. Yo aprieto los labios y muevo la cabeza en señal
de aprobación: es mejor así, que todo quede en familia.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Nicaragua 2013
Imagen: internet


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