Recogió las lágrimas que
había llorado por su muerte; lo sacó del féretro y le sacudió la naftalina. Lo
tomó de la mano para regresarle los últimos treinta años de rutinas y
aburrimiento. Le devolvió las frases hirientes y los actos humillantes a cambio
de todos los cuidos y comidas que le había preparado con esmero. Tomó los
vestidos y regalos de todos los aniversarios y se los dio junto con las rosas
marchitas del jardín. A los tres hijos los empequeñeció hasta lograr meterlos
otra vez en el fondo de su vientre, mientras quitaba de las paredes los
arreglos primorosos de una vida dedicada al hogar. Se limpió las cicatrices de
los golpes y vomitó las amarguras de incontables noches de esperarlo cuando salía
de juerga con otras mujeres. Entonces, lo arrastró a la Iglesia, invitó de
nuevo a todos los amigos y familiares y ante la pregunta del sacerdote
respondió con voz bien alta: NO quiero.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Nicaragua
Imagen; internet


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