Madre
siempre nos prohibió entrar al bosque. Nos enseñó a buscar entre los edificios
abandonados lo que necesitábamos y a guardar silencio por las noches. Los otros
duermen más allá de los árboles nos decía, no los debemos despertar.
Los
mayores fueron los primeros en abandonar los restos de la ciudad. Dijeron que
buscarían otros sobrevivientes y se internaron entre las ceibas para nunca
regresar. Luego se fueron mis hermanas. Pensaban encontrar escorpiones o
serpientes, cualquier cosa comestible que nos pudiese salvar. Las esperé
durante meses, pero ellas tampoco volvieron.
Soporté
el tiempo que pude comiendo termitas, muriendo un poco cada día bajo la lluvia
negra. Una noche, con mis últimas fuerzas, me arrastré hacia el campo de cruces
y saqué lo que quedaba de madre. Esa noche, mientras desgarraba carne y huesos,
más allá de las tierras yermas, en la oscuridad de la foresta, despertaron los
otros.
Alberto
Sánchez Argüello
Agosto
2016


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