Hoy hace demasiado calor para
jugar. Todos se fueron a sus casas, a excepción de Sara y Josué. La primera vez que los vi en el parque le pregunté sus nombres, ella respondió sin mirarme y eso fue todo, no quiso
que jugáramos. Se la pasan apartados, Josué lanzando patadas mientras intenta subirse a los juegos más
peligrosos y Sara que lo pellizca y empuja cuando cree que nadie los mira.
Ahora podría acercarme y
ayudarla a mecer a Josué, que está dormitando por el sopor, pero ella está como
ida, moviendo su mano sin darse cuenta. Decido levantarme y buscar refugio
en la glorieta, pero me detengo al darme cuenta que Sara me mira. En el tiempo
que me toma decidir si debo saludar, ella toma el
columpio de su hermano y lo lanza con la fuerza suficiente para que el cuerpo
de Josué vuele hacia el asfalto. Cierro los ojos, no quiero ver la caída.
Cuando los abro, Sara no está y el cuerpo de su hermanito
está boca abajo en la calle. Su cabeza parece una tetera de porcelana quebrada.
Tiene un agujero del que empiezan a salir mariposas negras. Se posan en los
toboganes y columpios, en los árboles y las alcantarillas. Hay una que se
coloca en mi boca, mueve sus alas despacio e intenta entrar, estoy demasiado
mareado para evitarlo, así que la dejo.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Agosto 2016


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