Mi hija está llorando. Cada
noche es igual, cerca de las tres de la mañana la despierta una pesadilla
recurrente. Retiro los cables y me levanto con dificultad. El piso está frío y las gotas
de aceite se pegan a mis pies.
Ella está sentada en su
cama, sollozando. Le ofrezco agua pero ella solo quiere que la abrace. Nos
quedamos un tiempo ahí, ella respirando con dificultad, yo cabeceando
somnoliento. Me cuenta que soñó que vivíamos dentro de un
laboratorio, que éramos robots, programados para repetir todas las noches la
misma rutina. Yo le acaricio la cabeza y le digo que es tarde. Le limpio las
lágrimas y le coloco la sábana encima. Me quedo a su lado hasta que
deja de mover los pies.
Cuando estoy seguro que se
ha vuelto a dormir, abro la pequeña compuerta de su pecho para retirar la
batería y ponerla a cargar en el baño. De nuevo en el pasillo,le hago una seña
a las cámaras para que limpien el aceite, luego me enchufo al panel de mi cama y
me vuelvo a dormir.
Alberto Sánchez Argüello
Originalmente publicado en la revista digital Penumbria,
N° 34, CDMX Junio 2016
Imagen: Metropolis de Von Fritz Lang (1927)


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