miércoles, 23 de diciembre de 2009

NOVENO CAPITULO CHICO LARGO Y CHARCO VERDE: La Finca del Encanto


La carreta siguió su camino y al rato entró a una cueva grande que se abrió en medio de la oscuridad, estaba llena de raíces de árboles y se miraban todo tipo de seres colgando de las paredes, a veces parecían monos, otras veces parecían ardillas grandes, pero todos guardaban silencio cuando pasaba la carreta. Los bueyes hacían mucho ruido al caminar, sonaba como si quebraran madera o como si muchas piedras cayeran desde una cima.

Finalmente cuando Miguel pensó que nunca llegaría la hora de bajarse, salieron de la cueva y entraron a un bosque de árboles de acacia y supo que estaban llegando cerca de la Finca del Encanto, así que volvió a contener la respiración y saltó por encima de la carreta con la buena suerte de aterrizar en medio de un espacio abierto lleno de hojas secas.

Al voltearse para ver como se iba la carreta, vio como la carretonera se volteaba hacia él y desde la oscuridad de su chal le decía “Tu turno también llegará” y Miguel sintió un poco de hielo en el corazón, y agradeció a las energías del Universo por haber podido bajar de la carreta sagrada.

Puesto ahí se dio cuenta que no sabía hacia donde ir ni que hacer, había logrado finalmente llegar a su destino pero estaba congelado pensando en que seguía después de ahí, entonces se escuchó una gran bulla por el camino y Miguel se escondió rápidamente detrás de los árboles.


Por el camino apareció una gran cantidad de ganado, eran vacas de todos colores y variedades, al lado iban dos hombres que las iban arreando, o al menos eso parecían de lejos, porque cuando ya estaban cerca, Miguel se dio cuenta que no tenían cabezas humanas. Uno de ellos tenía cabeza de chancho, rosada con un gran hocico y orejas caídas, ese estaba vestido como campesino con sombrero de yute, camisa y pantalón de tela blanca y caites en los pies, el otro tenía la cabeza de una gallina de guinea y era muy corpulento, iba vestido como capataz, con cincho y botas de cuero de esas que llegan hasta las rodillas.

“¡Muévanse, más rápido, que ya estamos por llegar a la entrada del Encanto!” decía el ser con cabeza de chancho, mientras el cabeza de gallina miraba para todos lados “Huelo como a persona por aquí” dijo de repente y Miguel se pegó a la tierra pidiendo a todas las energías que no lo encontraran, pero la comitiva siguió de largo y él se puso a seguirlos, cuidando de dejar siempre un trecho largo entre ellos.

Al rato vio como llegaban al final de bosque y comenzaba una extensión de tierra tan grande que se perdía hasta donde la vista alcanzaba, eran tierras cultivadas con ríos y trochas por todos lados; la comitiva se metió por uno de los caminos y Miguel se fue tras ellos.

Pasó algún tiempo de caminar en medio de aquellas enormes extensiones, y Miguel se detenía de vez en cuando tratando de encontrar de donde venía la luz del cielo que era de un color naranja claro, no se veía el sol por ninguna parte y tampoco había una sola nube o pájaros.

Finalmente llegaron a la casa hacienda, era un sitio enorme con grandes edificios blancos, de adobe con teja, al lado pastoreaban más cabezas de ganado que las que tenía don José Castellón y al fondo del lugar se podía distinguir un gran lago de colores verdosos. Miguel se imaginó que debía ser charco verde, pero no entendía como podía estar ahí si se suponía que estaban debajo de él. Se alejo de la comitiva y se acercó al charco y el asombro fue mayor cuando divisó pastando en sus orillas cuatro venados con bellas cornamentas y de color azul oscuro.

Miguel recordó de repente donde estaba y se echó para atrás temiendo ser descubierto y fue entonces que vio sus propias manos y las miró pequeñas, igual vio el resto de su cuerpo, se tocó el rostro y se vio en el reflejo del agua para confirmar que había vuelto a tener el cuerpo de cuando tenía cinco años, ¡era un niño otra vez!

Fue entonces cuando escuchó una voz de mujer a su espalda: “Chombo tiene razón, tenés que ser más atento, cualquiera puede estar a tu espalda y no te das cuenta” Miguel se volteó alarmado y se encontró con el rostro de una mujer joven, con el pelo largo azul marino, con muchas florecillas enredadas en su cabellera y un huipil largo de muchos colores. Iba descalza y en las muñecas de sus manos tenía varios tipos de pulseras echas de conchas marinas y hierbas del campo, ella le sonrió y le habló con suavidad: “Bienvenido Miguel”