jueves, 28 de octubre de 2010

LA HERENCIA


Javier Arguello abre la ventana del cuarto, respira el aire de la mañana de este último día en aquel insoportable cuchitril. Con animo agridulce, recorre su mirada el espacio que le sirvió de albergue durante cinco años: cuatro paredes grises con algún que otro póster de los Beatles y Pink Floyd, un catre hundido y dos sillas plásticas medio quebradas; y como siempre, desde las esquinas y asomando desde el baño, sus acompañantes.

Acostumbrado a una absoluta falta de privacidad, se desnuda y se baña, haciendo caso omiso a los ojos que le persiguen paso a paso. Se cepilla los dientes disfrutando el silencio, roto a momentos por el tráfico de Managua, que también empieza a despertar.

Fresco y vestido, coloca una maleta en el colchón del catre y abre una bolsa a sus pies para guardar los enseres de su vida, mudos testigos de una existencia frugal y silenciosa. Termina pronto de prepararse para la mudanza y los acompañantes se agitan en el rabillo de su ojo.

Un día como hoy, un año atrás, Javier se sentó en el despacho de un abogado para la lectura del testamento de su abuelo Tobías. Había muerto a los ochenta y cuatro años de cáncer en el estómago. Era un viejo veterano de la Constabularia, la primera guardia nacional de Nicaragua, creada en 1927, con la instrucción de oficiales norteamericanos del presidente Calvin Coolidge.

Su abuelo no había dejado gran cosa. El abogado convocó al heredero universal para entregarle un par de corbatas agujeradas, varios discos de vinyl de los machucambos y una carta, en la que el finado había escrito con mala letra, que dejaba a su cuidado los geranios, el gato y sus fantasmas.

Los geranios, al momento de recibirlos, estaban marchitos. El gato llevaba meses desaparecido y lo de los fantasmas se lo había tomado a broma, hasta que un día empezaron a llegar.

Eran silenciosos, pero siempre estaban presentes. Al inicio los sentía en la carne de gallina y en los pelos erizados de sus brazos, luego se hicieron visibles. A lo largo del tiempo había contabilizado entre hombres, mujeres y niños, hasta nueve de ellos.

Javier descubrió, por las vestimentas, que a momentos lograba vislumbrar, que eran coetáneos de su abuelo, de aspecto más rural que urbano. Había concluido, sin que hubiese nadie para refutarlo, que eran las sombras de los muertos por su abuelo, en los encuentros militares contra las tropas de Sandino en Ocotal y Nueva Segovia.

En las noches de desvelo, había reflexionado sobre la justicia de su circunstancia. Se preguntó si su abuelo se había hecho responsable de las vidas cortadas y si tal responsabilidad era transferible por línea familiar; unas noches estaba de acuerdo con la idea, otras no.

Ahora Javier empaca para mudarse al norte, a las montañas de Sandino, a ver si los fantasmas se animan a coger sus propios caminos al estar en terrenos familiares. Sale del cuarto con una sonrisa y camina relajado hacia la calle, consciente de las nueve sombras que le siguen. En el fondo Javier sabe que es su herencia, que le pertenece sin importar el sitio donde esté y que más le valdría tener preparado algún día su propio testamento, no vaya a ser que los fantasmas de su abuelo le acompañen hasta la eternidad.

Alberto Sánchez Arguello
28 Octubre 2010