domingo, 17 de octubre de 2010

NO ME LLAMO


Nací un Domingo de pascua, en un país que no me recuerda. Dicen que ese día una nube de libélulas tapó el sol y todas las vecinas salieron con ollas y cucharas para espantar con una bulla aquello que les parecía un presagio ominoso.

Podría haber sido un niño mas entre tantos otros, pero a nadie pasó desapercibido que ya desde el vientre no habían logrado acordar un nombre; madre, padre, tíos, abuelos y hasta amigos abrían la boca para articular alguna propuesta, pero solo sonidos dispersos bailaban en sus lenguas. La vieja bruja de aquel pueblo, no necesitó mucho más para vomitar su conclusión: “no se le podrá llamar”

En la capital, diez y seis horas de parto y varios litros de sangre, antecedieron mi primer llanto. Los doctores y las enfermeras ni siquiera pudieron escribir el apellido de mi madre en mi etiqueta, así que pasé el frio de la cámara de neonatos en anonimato, el mismo que me ha acompañado desde entonces.

Algunos meses después, atrasados por el intenso papeleo que deja un niño al que no se le puede llamar, regresamos al pueblo. Un matrimonio, por momentos vacío y tedioso, se había vuelto tenso como una cuerda de guitarra. Mi padre medía el día por la víspera, anunciando los sinsabores y desgracias que traería mi problema; un día la cuerda se rompió y aquel hombre se perdió por esos caminos de Dios, a mi me dejó al menos la vida, ya que de haber sido un poco mas supersticioso bien podría haberme quemado bajo sospecha de ser hijo de incubo.

Fuí creciendo en medio de silencios; la incomodidad de no poder llamarme hacia estragos en los afectos. Mi madre consumida por una culpa imaginaria y mis abuelos imaginando las culpas de mis padres, me dejaron solo, jugando con los gatos y las gallinas que no necesitaban saber mí nombre para acompañarme.

Me consta que atrasaron mi acceso a la educación, los parvularios asustaban a mi familia por la vergüenza que anticipaban. Pero, como no hay nada secreto entre cielo y tierra, más pronto que tarde llovieron las sospechas sobre la casa: se habló de maltrato, negligencia y hasta de abuso y las repetidas negativas de mi madre precipitaron la acción estatal. Cuando me di cuenta me vi rodeado de niños en una institución de paredes de cemento: el orfanato público.

Ahí, nuevos papeleos y movidas burocráticas, me atraparon, como si pendiera sobre mí una condena de reclusión. Algún científico y estudiante intentaron explicarme como un fenómeno; creyentes fervorosos de la ciencia occidental me midieron, me cortaron, me inyectaron, me entrevistaron y redactaron en varias resmas de papel sus hallazgos, es decir: nada.

Yo mientras tanto, me ocupé en crecer, manteniendo una mínima interacción con aquellos que me miraban como una extrañeza que camina; desconfiados de mí, como si mi humanidad no pudiera ser demostrada.

Al final los documentos de la investigación tuvieron algún uso: despertó el interés del dictador de turno; en su mente se gestó la idea de un asesino anónimo, y ya entrada mi adolescencia me llevaron al ejército. A tiempo me sacaron del orfanato, donde a falta de nombre me pasaban de un año a otro en mi educación, sin una nota. Su única preocupación era lidiar con lo que no entendían, haciendo funcionar el sistema que conocían.

Mis instructores militares también desconfiaban de mí, el no poder llamarme les dificultaba el placer esencial del insulto y la humillación, así que me golpeaban y pateaban con la mayor frecuencia que les era posible. La repetida soledad y el insistente maltrato me dejaron una impresión de distancia hacia la humanidad, condición que facilitó enormemente la tarea de matar a los que se llamaban.

Mis estudios superiores fueron pues en tortura, genocidio y desaparición, siempre sin nota ni reportes, ya que yo mismo era tan inexistente como los que interrogábamos en las cámaras subterráneas. Fue en presencia de aquellos y aquellas que habían perdido su identidad, que por primera vez me sentí cómodo, ahí mi nombre no importaba.

A pesar de la desconfianza que persistía sobre mí, nadie dudaba de mi vocación. Pasaba días enteros dedicado a aquella labor, vinculado por vez primera con hombres y mujeres, con algo que podría haberse asemejado al cariño si no hubiese sido por las tenazas y los cables.

Un día, como suele suceder, llegó la revolución, la que fue invariablemente sofocada por nosotros. Se multiplicó mi trabajo y decidieron enviarme a las montañas, a hacer visitas domiciliares. Fue así como regresé a mi pueblo y un cierto gozo, que nunca había experimentando, me invadió cuando me encargaron a varias vecinas y autoridades de aquel lugar. Mi familia sin embargo había migrado una década atrás sin dejar huella o señal alguna de su paradero, yo me decepcioné un poco al no poder vincularme con ellos en la manera que ahora conocía.

Estando allá, unos soldados empezaron a rafagear las gallinas del lugar y yo, que antes no había sabido que era sentir ira, experimenté un calor en la cara y sin pensar mucho tomé el rifle y les llené las espaldas de plomo. El pueblo, sin entender demasiado mi acto, me ayudó a escapar y yo me perdí entre el monte profundo.

Eso ocurrió hace ochenta años y aún me escondo, más por costumbre que por necesidad. El dictador lleva muerto más de lo que la gente recuerda y el pueblo desapareció bajo un alud de barro. Pero yo persisto, en mi acostumbrada soledad, en una pequeña finca de gallinas, lo único que me queda es preguntarme si la muerte me encontrará al no poder llamarme.


imagen René Magritte, Retrato de Edward James (La Reproduction Interdite), 1937

Alberto Sánchez Arguello
15 Octubre 2010