miércoles, 20 de octubre de 2010

EL EDITOR


José Jiménez Duarte estaba sentado en la silla metálica de su minúsculo cubículo, en la planta siete del Ministerio. Era una hombre sencillo, de hábitos conocidos y su cabeza plateaba ya los años de vivir en una ciudad que cada día lo recordaba menos.

José Jiménez coleccionaba estampas antiguas, fotos de la desaparecida estación del tren, imágenes de próceres e ilustraciones de leyendas nacionales, su cubículo estaba lleno de ellas. Al lado de su escritorio tenía un pequeño radio de transistores, donde escuchaba, a la hora del almuerzo, los juegos de baseball. Era un hombre particularmente solitario, sin familia ni amigos, que llenaba sus espacios con rutinas bien estructuradas.

Todos los días de la semana, a las cinco en punto, se despertaba con un viejo reloj, única herencia de su abuelo. Acariciaba a su gato, se bañaba, se vestía con una guayabera gris y un pantalón negro y salía de su casita alquilada, con un café amargo en el estomago. Afuera, con el periódico doblado en dos partes bajo el brazo derecho, recorría a pie el camino que le separaba del trabajo que venía haciendo desde hacía dos décadas: la revisión de noticias censurables y el archivo de reclamos no admitidos.

Su labor no era menor, era un editor del Ministerio, su mano había evitado a la historia del país varios escándalos periodísticos, entre los que se encontraban vinculaciones engorrosas de los hijos del presidente con negocios turbios del Estado, fraudes electorales municipales y múltiples violaciones a la libertad y dignidad personal de ciudadanos sin nombre, por parte de ministros y funcionarios de primera.

Claro, José Jiménez no estaba solo, era uno más de los ciento cincuenta editores, hombres y mujeres, que colmaban la planta siete. Verdaderos héroes anónimos de un gobierno que cumplía ya el medio siglo en el poder.

“La información debe ser veraz, pero también debe ser digna y positiva” solía decirse a sí mismo, antes de revisar los avances de noticias de los diarios y emisoras radiales que estaban a su cargo. Tres marcadores determinaban el destino de las noticias del día siguiente: el azul para lo aprobado, el amarillo para lo que necesitaba edición y el rojo para lo censurado. Aquello se repetía a diario, con un pequeño descanso los domingos; sin permiso del Ministerio no había publicación, un sencillo proceso al que José Jiménez estaba contento de pertenecer.

Un martes en la tarde mataron al presidente. Cinco jóvenes ayudados por algunos policías, lo embistieron en medio de un discurso a los obreros de la industria de la construcción. La acción fue excesivamente sangrienta y varios sindicalistas murieron en el tiroteo, además de los ejecutores del magnicidio.

A José Jiménez le encomendaron la delicada tarea de revisar todas las noticias asociadas y con la mano temblorosa cruzó de rojo y amarillo todo lo que pasó antes sus ojos. En una acción de transmutación, convirtió los rebeldes en terroristas, la fuga del presidente en valiente enfrentamiento con la muerte y las acciones genocidas de la policía en bajas ciudadanas indeseables.

El hijo mayor del presidente asumió el cargo de su padre y Jiménez celebró la rápida transición. Arrellanado en el sofá de la sala de estar, sintió alivio con el orden recuperado y agradeció en silencio a Dios, por tener un gobierno que no los desampararía.

El Ministerio redobló su trabajo en las siguientes semanas, Jiménez agregó a sus tareas la revisión de revistas para damas, suplementos deportivos y hasta la programación infantil. Los cubículos se fueron llenando de todo tipo de publicaciones y pronto no hubo ningún texto, emisión o publicación del país, que no fuera objeto de revisión.

También aumentaron los reclamos y la agotada visión de Jiménez con costo alcanzaba a cumplir con la cuota de cada día. Acostumbrado como estaba a leerlos todos, aunque solo fuera por la formalidad de archivarlos en la categoría correcta, empezó a experimentar una ligera incomodidad, la que se acentuaba segundos antes de que se quedase dormido en su catre. En ese momento repasaba el día y las cartas de madres que pedían explicaciones por sus hijos asesinados y los reclamos de los maestros de escuela por la censura a sus clases, merodeaban su ante sueño.

Pero los reclamos fueron desapareciendo, fuera porque el Ministerio no los recibiese más o porque sus autores también desaparecían. El resultado final era menos trabajo y José, que no estaba acostumbrado a cuestionar la realidad, dormía más tranquilo y se tomaba de nuevo sus pequeños descansos con la radio.

Pero la calma no duró demasiado, asociaciones civiles y gremiales se hicieron sentir en todo el país y nuevamente Jiménez se ocupó en transformar huelgas pacificas en levantamientos criminales y reclamos justos en intereses mezquinos. Asegurando así a la ciudadanía lectora y radioescucha que todo marchaba bien, con excepción de unos pocos inconformes traidores a la patria.

Días después, el Ministerio estaba militarizado. A José lo registraban al salir y al entrar y dos gendarmes con fusil reglamentario custodiaban la planta siete. Un supervisor muy joven, con saco verde esmeralda y anteojos de carey, se acercaba a los cubículos cada dos horas y pasaba revista del trabajo de los editores.

“Eso no lo puede tener aquí” le dijo el supervisor con voz áspera un viernes por la mañana. Jiménez, totalmente absorto en la labor de editar una noticia, se levantó de su asiento y contempló un dedo largo y escuálido que señalaba su pequeña radio “Pero si solo la uso en mi descanso” le respondió con una sonrisa apagada, pero el hombre sin siquiera mirarlo se retiró dejando sus palabras en el aire “No es reglamentario, deshágase de él” Jiménez no espero una segunda venida del supervisor, tomó el radio y lo tiró a la basura, pero con lentitud, grabando el momento, antes de volver a trabajar.

Aquella no fue la única intervención al cubículo de José, la misma suerte corrieron las postales y las imágenes, que no pudo siquiera guardar porque fueron decomisadas por ser de interés nacional según le manifestaron. Pronto el cubículo se volvió tan gris y vacío como la expresión de José.

A la par de aquellas pequeños eventos, las ediciones fueron mermando, producto de la desaparición progresiva de los medios noticiosos, unos por bombas explosivas, otros por decomización, y así hasta que la labor de José se redujo a unos cuantos artículos de un pequeño diario de provincias. De igual manera los editores fueron disminuyendo, hasta que solo quedó el más veterano de todos: Jiménez.

Finalmente José Jiménez recibió un memo, se le anunciaba que había sido ascendido a jefe de edición y que debía dirigirse a la sala A del primer piso, para asumir sus nuevas funciones.

José tomó sus pocas cosas, y bajó por las escaleras, en aquel momento notó que sus piernas ya no le respondían como antes y oscuros dolores emanaban de sus articulaciones inferiores. Así que bajó cada escalón, uno por uno hasta llegar a la sala A; Ahí tres militares, de uniforme negro, revisaron sus credenciales y le hicieron pasar, no sin antes pasarle un maletín de cuero café.

Adentro de la sala se encontró con una enorme banda móvil y veinte máquinas con visores ópticos. Frente a la banda había una torre de papeles y documentos diversos. José abrió el maletín y encontró un manual voluminoso, varias llaves mecánicas y un tarrito de aceite industrial.

Jiménez leyó el manual y procedió a encender el sistema, colocó una serie de papeles y documentos en la banda móvil y esta los fue pasando por las máquinas, las que revisaban y editaban de manera automática la información. Después, pacientemente hizo una ronda para revisar tuercas y engranajes colocando aceite cuando era necesario. Al final del día, José Jiménez se sintió orgulloso de continuar siendo parte de aquel proceso tan valioso para la nación.

Alberto Sánchez Arguello
20 Octubre 2010