jueves, 24 de febrero de 2011

EL CUADRO


Ayer encontraron el cuadro de los hermanos Mayorga. Apareció en uno de los sótanos del Banco Central, oculto entre varios retratos nunca vistos de Arnoldo Alemán. El horror que produjo en los conserjes que lo descubrieron, se tradujo rápidamente en noticias en medios escritos y radiales.

Cuando me enteré se me vino de golpe, como una presentación rápida de imágenes, el recuerdo del caso de aquellos hermanos.

Habían nacido del mismo vientre, con un minuto de diferencia. El Berta Calderón los vio nacer pero fueron las ruinas del terremoto del 72, enfrente del edificio de Gobernación, las que los vieron crecer. Ezequiel y Jeremías eran sus nombres, pero todos los conocían como los gemelos del diablo, porque el mayor siempre sabía lo que estaba pensando el menor.

Estaban chigüines cuando comenzaron a hacer rumbitos en el mercado oriental. Con costo alzaban un palmo, pero se cargaban sacos de naranjas y plátanos y les quedaban energía para limpiar vidrios en el gancho de caminos. Cuando sus padres quisieron mandarlos a la escuela solo Ezequiel se dejó. El menor creció en la calle.

Jeremías creció delgado y con una gran melena. Tenía una mirada profunda y unas largas pestañas con las que les jalaba el ojo a las chavalas que atendían los tramos y a uno que otro chavalo también. Ezequiel se hizo más bien robusto y se pelaba al ras para evitar los piojos. A él le tocaba estar oyendo en su mente, todo el día, los pensamientos de su gemelo. Por eso caminaba siempre en silencio, esforzándose en escucharse así mismo entre los monólogos y fantasías sexuales de Jeremías.

El menor era el suertero. Siempre ganaba a las cartas y jalaba con las chavalas más bonitas. Cuando había robos en los tramos, Ezequiel siempre acababa preso, sin importar que estuviera cerca o no del lugar donde había ocurrido el ilícito. Jeremías no sabía lo que era el interior de una celda. Cuando los misioneros evangelistas entraban al mercado, regalando ropa y comida, el gemelo menor recibía una parte todas las veces, mientras al mayor lo miraban de largo.

El colmo de todo esto, era que el mayor no podía evitar recibir los ecos de la felicidad y placer de su hermano. Hora tras hora, día a día, le llegaban los pensamientos más limpios y más sucios a la vez. Debía de ser algo infernal.

Como era de esperarse, Ezequiel odiaba al Jeremías. Una profunda envidia le carcomía el corazón, tanto que había desarrollado una gastritis crónica que le ocasionaba una acidez constante.

El único consuelo de Ezequiel era el dibujo. Pasaba horas con hojas de envolver y papel periódico, trazando con carbón y tiza en los callejones. Dibujaba retratos imaginarios, aves muertas, flores y una infinidad de formas abstractas que le servían de escape al constante murmullo mental de la voz de Jeremías.

Un día, uno de los funcionarios del Instituto de Cultura tomó de ayudante a Ezequiel para llevar unos sacos de compra a su vehículo. En el trayecto alcanzó a ver algunas hojas dobladas en el pantalón del gemelo mayor. Le pidió que se las mostrara, adivinando el trazo oculto. Al tenerlas frente así le dijo que llegara a la academia de bellas artes, que tenía talento y le darían una beca completa.

Ezequiel no cabía en sí mismo de felicidad. Por primera vez la voz de su hermano casi enmudeció dentro de él y se apresuró a contárselo a Don Miguel, un carnicero del mercado. Aquel había sido el único amigo del gemelo mayor, él sería el que daría cuenta de los sufrimientos y rencores que le habían sido confesados.

Las clases de dibujo y pintura comenzaron una semana después y Ezequiel era sin duda el mejor. Sus maestros le auguraban un futuro brillante y por un tiempo todo fue paz. Luego Jeremías se apuntó a las clases también.

Movido por la curiosidad de los rumores que había escuchado en el mercado, se dejó caer un día para ver el arte de su hermano. Cuando el gemelo menor miró las esculturas de los estudiantes avanzados, se enamoró del oficio y rápidamente se trasladó a la academia, dispuesto a profundizar en su vocación. Unas cuantas sonrisas le bastaron para conseguir una beca. Ezequiel se quería morir.

Los maestros tuvieron un nuevo favorito. Todos en la academia empezaron a hablar del talento nato escultórico del joven melenudo. Ezequiel siguió trabajando en sus cuadros, en tonos cada vez más oscuros. Sin hablar entraba temprano y salía tarde, sin voltear a ver a nadie, menos aún a su hermano y su tropa de seguidores.

Llegó Abril y se anunció el concurso anual de arte de la academia, con exposiciones individuales y jurados internacionales. Los maestros escogieron El David del mercado, realizado por Jeremías, como la muestra más fina de la academia. La representación artística de la voluptuosidad de un vendedor frutas, contaría con un puesto especial entre las exposiciones. El resto de obras serían develadas ese día sin mayor preámbulo. Ezequiel siguió pintando sin mostrar mayor interés en los éxitos de su hermano. Cuentan que le miraban enflaquecido, cubierto de pintura y absorto en sus cuadros, como si sus ojos atravesaran los lienzos. Se colocaba al fondo del taller, con su caballete y algunos libros. Nadie pudo ver nunca lo que estaba pintando, aunque les llamó la atención el repentino interés del gemelo mayor sobre lecturas de medicina y química.

Llegó el día de la exposición y toda la comunidad artística nacional se reunió en la academia. Ahí estaban los Peñalba, los morales, los Palma, los Calvet, los Barberena, las Belli y los Agudelo. El sitio estaba abarrotado y todos rodeaban el David. Poetas y periodistas tomaban nota para dedicar sonetos y artículos a la escultura. Sin embargo Jeremías no estaba, le buscaron en todo el recinto pero nada. Su hermano tampoco estaba para poder preguntarle por él.

Finalmente llegó la hora de develar el resto de obras concursantes. Una a una hicieron su debut y los jóvenes artistas recibían las críticas más variadas. Cuando la última obra fue mostrada, un silencio absoluto se cernió sobre la academia. Dicen que se podía escuchar la respiración trabajosa de los maestros más ancianos. Era la pintura de Ezequiel, descrita por los que asistieron, como una muestra de postmodernidad brutal con un collage que deconstruía la esencia misma del ser humano.

Inmediatamente la aclamaron todos. Se convirtió en el tema de plática y debate, algunos mencionando las influencias de Bacon y el Bosco, otros haciendo referencias a Lovecraft y Sade. Fue hasta que algunos de los alumnos se acercaron a la pintura, que los detalles mostraron la verdadera profundidad de la obra. El rojo predominante les llamó la atención, un dedo incrustado dio la pista, pero fueron los cabellos largos pegajosos y los jirones de cuero con un tatuaje conocido, los que revelaron la horrorosa verdad.

Uno de los estudiantes cayó desmayado, otro empezó a reírse a carcajadas y finalmente uno gritó hasta quedarse mudo. Los otros asistentes al darse cuenta huyeron despavoridos entre vómitos y sollozos, aunque no faltó más de alguno que alcanzó a tomarle fotos antes que la policía lo decomisara como evidencia del parricidio.

Los restos de Jeremías nunca fueron encontrados. Del cuadro, los maestros de la academia dijeron que había sido enterrado en un funeral privado. La verdad, ahora conocida, era que pasó de mano en mano entre coleccionistas privados hasta llegar, no se sabe muy bien como, al sótano del Banco Central. Sin embargo, se puede aventurar la teoría de que el deterioro orgánico de la obra, a pesar del uso de formaldehído y barniz, más la inevitable decoloración de los fluidos corporales utilizados como pintura, hallan sido las causantes del destino final.

A Ezequiel dicen que lo mataron las maras cuando intentaba cruzar hacia México. Otros afirman que vive en Panamá con un nombre falso, haciendo retratos a los turistas europeos. Lo único que sabemos a ciencia cierta, aunque muy pocos seamos capaces de afirmarlo en público, es que nunca ha habido ningún cuadro tan horriblemente perfecto como el de los hermanos Mayorga.

Imagen "La Ansiedad" Francis Bacon

Alberto Sánchez Arguello

24 Febrero 2011