lunes, 28 de febrero de 2011

LA REINA DURMIENTE


El sol se estaba ocultando en el mar, cuando Ana Sofía regresó sola a su cuarto. Según su plan casi perfecto, quedaban dos horas exactas para dejar todo en orden, antes de tomarse las pastillas que le servirían para matarse.

Sus diarios personales, publicados en entregas en una revista de sociedad, nos mostraron una vida marcada por tánatos. En primaria el uso de anteojos gruesos para corregir una miopía y un cuerpo largo y estirado le valieron ser el centro de burlas de sus coetáneos. El pensar continuamente en la muerte, había sido un aliciente para los días de humillación pública. Morir era como un abrigo cálido que la confortaba y le daba cierta sensación de control sobre sí misma.

Cuando llegó la secundaria su cuerpo se transformó. Largos cabellos castaños, bustos desarrollados, caderas firmes y piernas largas, la convirtieron en la envidia de las chavalas y en el objeto continuo de deseo de los varones que la asediaban todo el día. Aprendió a disfrutar de su popularidad y se hizo ávida de las miradas y suspiros que suscitaba al caminar.

Con el tiempo, el cuidado por su cuerpo y apariencia se fue haciendo obsesivo. Dedicaba horas enteras a ritos privados de limpieza y acicalamiento, antes de salir al mundo. Revisaba cada pestaña y cada cutícula previniendo imperfecciones. El acné o cualquier erupción dérmica se convertían en potenciales tragedias humanas. El maquillaje, ropa y accesorios eran objeto de planificación concienzuda, basados en tono de piel, complexión y moda. Hábitos y compras eran posibles gracias a la complicidad de un par de padres pudientes, que no sentían más que orgullo por la naciente feminidad de su única hija

Fue electa reina de un festival en tercer año de secundaria y el periódico escolar publicó sus fotos triunfales en blanco y negro. El premio recibido y el reconocimiento público de aquella ocasión, fue el primero de muchos, tantos que se volvió adicta a ellos.

Fue en la noche de su promoción cuando su plan fue concebido. Había pasado mucho tiempo sin pensar en la muerte como escape, el tiempo dedicado a su belleza y las maneras de maximizarla a los ojos de hombres y mujeres, no daba espacio a esos pensamientos. Sin embargo, al estar sola, embelezada con su propia imagen en el espejo del baño, rememorando la insistencia de los chavalos que preguntaban a que universidad asistiría para seguirla hasta allá, tuvo la visión más horrible de sus diez y ocho de vida: un cabello plateado.

Se tapó la boca con las manos para contener un alarido. Se arrancó la cana sin vacilar y al tenerla en sus manos, se imaginó a si misma vieja: arrugadas las manos y el rostro, el cabello blanco y reseco, empequeñecida por la edad, con una dentadura postiza y unas piernas cubiertas de varices azules y resaltadas. Se fijó entonces una meta: ser electa la reina de belleza de su país y luego morir, así le ganaría a la vejez y la fealdad, sería eternamente bella.

Seis años habían pasado desde entonces. La corona de miss Nicaragua descansaba en la cama de su cuarto del hotel Montelimar y el diploma de diplomacia y relaciones internacionales estaba caído cerca del walking closet. Ana Sofía había logrado su plan.

Una ruta trazada a través de pasantías en Naciones Unidas, el apoyo de la embajada americana y una sólida barra de apoyo desde Miami le había traído el cetro. De paso había concluido sus estudios universitarios para satisfacer a sus padres, logrando así que se mantuvieran tranquilos, sin sospechar nada de sus verdaderas intenciones.

Una hora antes se había despedido de sus amigos y amigas en la playa, excusándose por sentirse cansada, no sin antes citarse en el restaurante del hotel a las nueve en punto para la cena. Rafael, que dos días antes le había confesado que la amaba desde el primer año de la universidad, la vio irse desconsolado, ya que aún no recibía respuesta alguna. Algunos hasta murmuraban que debía ser lesbiana porque jamás se le había conocido pareja, pero él sabía que Ana Sofía estaba esperando a su verdadero amor.

La realidad era que la reina ni siquiera recordaba la confesión de Rafael. Su plan era lo único que había ocupado su mente y corazón, en ellos no había espacio para el amor, solo para la muerte perfecta. Ya había escrito la carta de despedida a sus padres, en la que pedía dijeran que había muerto de un infarto, resultado de una condición cardiaca nunca antes revelada a la prensa. Especificó muy claramente su deseo de ser cremada y sus cenizas lanzadas al mar. Así como le horrorizaba envejecer, también le aterraba la idea de que su cuerpo sufriera un proceso lento de descomposición.

Se bañó con agua caliente, y se tomó su tiempo para encremar su cuerpo y maquillarse para la ocasión. Finalmente sacó el vestido de noche con el que alcanzó el reinado y se lo colocó despacio, sintiendo las fibras de la tela como si la abrazaran toda.

Se sentó en la cama y se tomó las pastillas una a una, saboreando su acidez. Cuando acabó con todas, se tomó un trago de vodka y se acostó acomodando bien el vestido, no quería que hubiese ninguna arruga. Sus ojos se fueron cerrando con una pesadez creciente de los párpados y sentía un mareo que le hacía experimentar como si el cuarto se moviese en espiral. A lo lejos escuchó el teléfono sonar, cada vez más distante, pensó que todo estaba funcionando de acuerdo al plan: sus amigos le llamaban para ver porque no había llegado, cuando finalmente entraran a su cuarto ella estaría muerta y a tiempo para iniciar los ritos funerarios con su cuerpo aún fresco.

Las llamadas cesaron y Ana Sofía empezó a experimentar ahogos y arritmia. Cuando Rafael entró sigilosamente, la reina estaba profundamente dormida, en camino a no despertar jamás. El sonrió maravillado ante la belleza de su amada y celebró en silencio su idea de sobornar al conserje para conseguir la llave maestra. Se desnudó completamente y tambaleante por los litros de licor que recorrían sus venas, se acurrucó a su lado. Empezó a acariciarla lentamente y con cuidado, pero el olor de sus cabellos y la tersura de su piel le estimularon al punto máximo de su deseo. Sin más preámbulo desgarró su vestido y se montó encima de ella, sin percatarse del cambio sutil en la temperatura corporal de ella.

La violación ocurrió sin gritos ni forcejeos. Para cuando Rafael alcanzó el clímax embobado por el alcohol, Ana Sofía llevaba varios minutos muerta. Cayó sobre ella, respirándole encima los vapores de su aliento y besó su cuello profundamente hasta quedarse dormido.

Al día siguiente estalló la bomba en los medios; todo tipo de versiones confusas fueron difundidas. Suicidio, homicidio y violación iban y venían entre bocas de abogados, periodistas y familiares. Medicina legal impidió la cremación, y las fotos furtivas de la autopsia que circularon por internet, fueron objeto de procesos de demanda legal que duraron años.

Finalmente Ana Sofía fue enterrada en un funeral privado con muy pocos asistentes. Contra sus deseos su cuerpo fue entregado a la descomposición final.

El plan de la reina durmiente fue casi perfecto... casi.

Imagen “Ofelia”, John Everett Millais

Alberto Sánchez

28 Febrero 2011