La
despedida se la hicieron en el bar de Charlie, el mismo lugar donde habían
celebrado los quince de Sofía y la graduación de Ernesto. Casi todo el
vecindario atiborró las pocas mesas de madera y un mariachi de bello horizonte
los mantuvo animados, en medio de los ocasionales llantos de sus hermanas y los
gritos de los niños que ya se querían ir a dormir.
Faltando
pocas horas para la firma del contrato, Ernesto intentó convencerla de que no
se fuera a la fábrica. Con los ojos rojos y la voz ronca le juró que haría
horas extras en el taller mecánico y que podían ahorrar en comida y
electricidad, que todo era un asunto de voluntad. Ella sólo se limitó a
abrazarlo, las palabras ya no eran necesarias.
A
las ocho aeme de un primero de abril, Amanda Gutiérrez firmó un documento de
doscientos folios, ante notario público, un inspector laboral y el gerente de la
empresa. Era un contrato estándar de sumisión laboral
de por vida, con seguro de muerte que incluía exequias y una comisión del
cuarenta por ciento por la venta de órganos. Naturalmente había puesto a sus
dos hijos como beneficiarios.
Acto seguido la llevaron a su estación de trabajo y un par
de enfermeras la conectaron a una docena de tubos. Un sacerdote le ofreció la
extremaunción y el perdón de sus pecados por una módica limosna, pero ella se
negó amablemente. "Al fin de cuentas -pensó- ya estoy en el
infierno"
Alberto Sánchez Argüello
Imagen: fuente internet


No hay comentarios:
Publicar un comentario