martes, 1 de abril de 2014

ÍNFERUS


La despedida se la hicieron en el bar de Charlie, el mismo lugar donde habían celebrado los quince de Sofía y la graduación de Ernesto. Casi todo el vecindario atiborró las pocas mesas de madera y un mariachi de bello horizonte los mantuvo animados, en medio de los ocasionales llantos de sus hermanas y los gritos de los niños que ya se querían ir a dormir.

Faltando pocas horas para la firma del contrato, Ernesto intentó convencerla de que no se fuera a la fábrica. Con los ojos rojos y la voz ronca le juró que haría horas extras en el taller mecánico y que podían ahorrar en comida y electricidad, que todo era un asunto de voluntad. Ella sólo se limitó a abrazarlo, las palabras ya no eran necesarias.

A las ocho aeme de un primero de abril, Amanda Gutiérrez firmó un documento de doscientos folios, ante notario público, un inspector laboral y el gerente de la empresa. Era un contrato estándar de sumisión laboral de por vida, con seguro de muerte que incluía exequias y una comisión del cuarenta por ciento por la venta de órganos. Naturalmente había puesto a sus dos hijos como beneficiarios. 

Acto seguido la llevaron a su estación de trabajo y un par de enfermeras la conectaron a una docena de tubos. Un sacerdote le ofreció la extremaunción y el perdón de sus pecados por una módica limosna, pero ella se negó amablemente. "Al fin de cuentas -pensó- ya estoy en el infierno"

Alberto Sánchez Argüello
Managua 1 Abril 2014


Imagen: fuente internet