Detrás de los espejos de esta ciudad, existe su gemela, donde la tierra no cesa de moverse. Ahí las casas están hechas de tela, el vidrio no existe y los bebes se arrullan solos en sus cunas. Sus habitantes usan energía sísmica -limpia y permanente- para alimentar sus artefactos voladores, las calderas de sus casas y las radios que ponen el fondo musical de los temblores de la ciudad.
La
única sombra que opaca tanta felicidad es la idea de que un día
regrese el horror; un episodio de silencio mortal en el que los abuelos y las abuelas se
sintieron huérfanos en el mundo, como peces ahogados en un estanque roto.
Existe el temor de que la ciudad se vuelva a detener, que paren los vaivenes, que el
suelo deje de mecerse, todos temen a la gran quietud.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
22 Abril 2014


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