Helena
vive a tres cuadras de aquí, en una casa de muro violeta con rodapié azul. Pasa
el día cuidando a su abuela parapléjica. Casi no tiene tiempo para ella misma,
sólo una ocasional salida de domingo al parque central, a darle de comer a las
palomas y leer algún poema de Neruda mientras se le enfrían los pies en una de
las bancas de metal.
Hace
cinco años la saludé en el parque pero ella me tuvo miedo y se fue rápido. Yo me
quedé ahí, pensando que era el ser más hermoso que había conocido, tanto que el
estómago me dolía como si tuviese un punzón atravesado.
Yo volví
al parque todos los días, pero ella tardó meses en regresar. Terminando la
primavera volvió acompañada por su madre, una mujer inexpresiva que le sujetaba
la muñeca de la mano izquierda como si fuera una cerradura. Yo las observé de
lejos, oculto por unos árboles. Después las seguí.
Empecé
a dejar flores en su porche y con el tiempo las acompañé con cartas en las que
confesaba mis intensas emociones. Finalmente su padre me encontró mientras
dejaba mis regalos, se me acercó y me golpeó con tanta brutalidad que perdí gran parte de mi
dentadura.
Ya recuperado escapé de la casa de mi madre y me fui a vagar por la ciudad, buscando
los lugares más oscuros que me pudiesen tragar. Eventualmente di con este
callejón, rodeado de basura y suciedad, donde el viento trae las palabras y sonidos
de su habitación. Una especie de milagro acústico, un regalo sólo para mí.
Ahora
sé que reza el padrenuestro antes de dormirse y que repasa en voz baja los poemas que leyó
el sábado, con un ligero siseo que me adormece. Por las mañanas
saluda al mundo y pide por su familia y las palomas, con el tono
preocupado de alguien que cree que todo morirá mañana. Cuando sus amigas la
visitan hablan de las muñecas que tuvieron de niñas y de los novios que les
gustaría tener, ella siempre calla, sólo ríe con sus ocurrencias.
Desde
entonces no necesito moverme de aquí, tengo todo lo que necesito: su voz, sus
suspiros, sus murmullos y alguna sobra de comida en condiciones aceptables.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Agosto 2014
Imagen: Collage de César Sancho


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