Un
lunes del mes pasado me desperté como de costumbre a las seis menos cuarto. Bajé
por el lado izquierdo de la cama y me fui directo a lavar los calzoncillos del
día anterior, un buen hábito que mi madre me inculcó desde que empecé a ir al
preescolar, hace más de treinta seis años.
Los
pájaros sonaban tan repetitivos que parecía ser otro día ordinario, de esos en
los que la rutina te permite andar confiado de que todo saldrá bien. Hasta que
metí por tercera vez la pana en la pileta y un tiburón del tamaño de una piña
emergió de ella y me arrancó la mano derecha a la altura de la muñeca. Admito
que dolió como el carajo, pero pudo más la sorpresa que el dolor y lógicamente
me apuré a retirar el muñón de mi calzoncillo, antes que quedara perdido en
sangre –que seguramente cuesta medio galón de detergente quitársela-
El
tiburón volvió al fondo de la pileta y yo me quedé ahí con un trapo, tratando
de contener la hemorragia. A como pude llamé a un tío que suele atender en el
centro de salud del barrio, con la suerte que se dilató lo necesario para inventarme
una explicación más creíble –y menos vergonzosa- para mi miembro mutilado. No más
llegó le solté –con un calculado nerviosismo- la historia de un perro
enardecido en un callejón a la vuelta de la esquina, una especie de can cerbero
del tamaño de un escritorio de abogado –este tipo de detalles siempre dan más
credibilidad- Mi tío algo extrañado me curó lo mejor que pudo y me mandó
antirrábicas y una denuncia a la policía que no tardó en diseminar la noticia
convirtiéndome en una atracción de circo para morbosos y algunos tabloides.
Superada
la tormenta noticiosa, ya estaba pensando que la vida volvería a su curso
regular, hasta que ayer por la mañana, lavando con cuidado otro calzoncillo, se
llegó mi padre -con sus manías de jubilado- a interrumpirme y todo fue que se
acercara a la pileta para que unos larguísimos tentáculos salieran del agua y
se lo llevaran al fondo de la pila con todo y pantuflas.
Después
de limpiar con el lampazo los grandes charcos que quedaron, pasé mis buenas
horas inventando una coartada para la desaparición de mi padre. Finalmente llamé
a mi madre para decirle que papá se había fugado al Brasil con una vende
enciclopedias, una relación que parecía llevar años cultivándose bajo nuestras
narices. Ella me colgó el teléfono sin más.
A
como veo las cosas tengo que vender la casa, vaya uno a saber si
mañana esa pileta produce una ballena blanca o hasta el maldito Cthulhu.
Se la puedo vender al invivible de mi cuñado, que de paso tiene unos críos que
no los soporta ni su madre, seguramente que hasta le estaría haciendo un favor
a la humanidad. Ya después me compro un piso en algún suburbio decente y por
supuesto una lavadora, lo más normal posible.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Agosto 2014
Imagen: internet


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