martes, 5 de agosto de 2014

LAS VERGÜENZAS QUE UNO PASA EN ESTA VIDA



Un lunes del mes pasado me desperté como de costumbre a las seis menos cuarto. Bajé por el lado izquierdo de la cama y me fui directo a lavar los calzoncillos del día anterior, un buen hábito que mi madre me inculcó desde que empecé a ir al preescolar, hace más de treinta seis años.

Los pájaros sonaban tan repetitivos que parecía ser otro día ordinario, de esos en los que la rutina te permite andar confiado de que todo saldrá bien. Hasta que metí por tercera vez la pana en la pileta y un tiburón del tamaño de una piña emergió de ella y me arrancó la mano derecha a la altura de la muñeca. Admito que dolió como el carajo, pero pudo más la sorpresa que el dolor y lógicamente me apuré a retirar el muñón de mi calzoncillo, antes que quedara perdido en sangre –que seguramente cuesta medio galón de detergente quitársela-

El tiburón volvió al fondo de la pileta y yo me quedé ahí con un trapo, tratando de contener la hemorragia. A como pude llamé a un tío que suele atender en el centro de salud del barrio, con la suerte que se dilató lo necesario para inventarme una explicación más creíble –y menos vergonzosa- para mi miembro mutilado. No más llegó le solté –con un calculado nerviosismo- la historia de un perro enardecido en un callejón a la vuelta de la esquina, una especie de can cerbero del tamaño de un escritorio de abogado –este tipo de detalles siempre dan más credibilidad- Mi tío algo extrañado me curó lo mejor que pudo y me mandó antirrábicas y una denuncia a la policía que no tardó en diseminar la noticia convirtiéndome en una atracción de circo para morbosos y algunos tabloides.

Superada la tormenta noticiosa, ya estaba pensando que la vida volvería a su curso regular, hasta que ayer por la mañana, lavando con cuidado otro calzoncillo, se llegó mi padre -con sus manías de jubilado- a interrumpirme y todo fue que se acercara a la pileta para que unos larguísimos tentáculos salieran del agua y se lo llevaran al fondo de la pila con todo y pantuflas.

Después de limpiar con el lampazo los grandes charcos que quedaron, pasé mis buenas horas inventando una coartada para la desaparición de mi padre. Finalmente llamé a mi madre para decirle que papá se había fugado al Brasil con una vende enciclopedias, una relación que parecía llevar años cultivándose bajo nuestras narices. Ella me colgó el teléfono sin más.

A como veo las cosas tengo que vender la casa, vaya uno a saber si mañana esa pileta produce una ballena blanca o hasta el maldito Cthulhu. Se la puedo vender al invivible de mi cuñado, que de paso tiene unos críos que no los soporta ni su madre, seguramente que hasta le estaría haciendo un favor a la humanidad. Ya después me compro un piso en algún suburbio decente y por supuesto una lavadora, lo más normal posible.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Agosto 2014

Imagen: internet