domingo, 26 de octubre de 2014

EMESIS



La farmacia estaba llena cuando entré. Algún tipo de promoción había convocado a todos los vejestorios del barrio. Una fila de ancianas pelo teñido y calvos barbados con sus sonrisas destentadas me miraban curiosos mientras yo trataba de evitar que las náuseas me botaran.

-Usted tiene que vomitar, sacarlo todo- me dijo un setentón medio bizco. Yo lo quedé viendo con odio y sentí que estaba a punto de cubrirlo con mi bilis. Empecé a respirar más despacio. Nada más repugnante que vomitar, desde niña lo había evitado.

-Él tiene razón, se nota que anda un montón de mierda jodiéndola por dentro. Vaya, saque todo en el baño del fondo- agregó una vieja pelo rojizo que se abanicaba con la revista cinematográfica. Yo empecé a ver doble. No tenía ninguna esperanza de conseguir un anti emético.

Mi cuerpo se dirigió hacia el fondo de la farmacia, traté de evitarlo sujetándome de las paredes, pero mis piernas siguieron su camino. De repente todo se puso rojo, cerré los ojos y dejé salir todo en el inodoro. Cuando los abrí la tasa estaba llena de mis padres, mis hermanas, mi novio, mis ex, mis vecinas chismosas, mis profesores de la universidad, mi jefe, varios sujetos que me dicen cosas morbosas en el trayecto al trabajo y la mayoría de mis amigos.

Todos estaban muy serios y me hacían gestos para que los sacara, pero yo sólo me limpie la boca y dejé ir de la cadena con una sonrisa.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2014

Imagen: internet