La farmacia
estaba llena cuando entré. Algún tipo de promoción había convocado a todos los
vejestorios del barrio. Una fila de ancianas pelo teñido y calvos barbados con
sus sonrisas destentadas me miraban curiosos mientras yo trataba de evitar que
las náuseas me botaran.
-Usted
tiene que vomitar, sacarlo todo- me dijo un setentón medio bizco. Yo lo quedé
viendo con odio y sentí que estaba a punto de cubrirlo con mi bilis. Empecé a
respirar más despacio. Nada más repugnante que vomitar, desde niña lo había
evitado.
-Él
tiene razón, se nota que anda un montón de mierda jodiéndola por dentro. Vaya,
saque todo en el baño del fondo- agregó una vieja pelo rojizo que se abanicaba
con la revista cinematográfica. Yo empecé a ver doble. No tenía ninguna
esperanza de conseguir un anti emético.
Mi
cuerpo se dirigió hacia el fondo de la farmacia, traté de evitarlo sujetándome de
las paredes, pero mis piernas siguieron su camino. De repente todo se puso rojo,
cerré los ojos y dejé salir todo en el inodoro. Cuando los abrí la tasa estaba
llena de mis padres, mis hermanas, mi novio, mis ex, mis vecinas chismosas, mis
profesores de la universidad, mi jefe, varios sujetos que me dicen cosas
morbosas en el trayecto al trabajo y la mayoría de mis amigos.
Todos
estaban muy serios y me hacían gestos para que los sacara, pero yo sólo me
limpie la boca y dejé ir de la cadena con una sonrisa.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Octubre 2014
Imagen: internet


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