El
barman me preparó un whisky apenas me senté en la barra. Yo le agradecí el buen
servicio y pensé que el bar merecía otra oportunidad. Antes de
ocuparme del trago apagué los celulares y dejé en el piso el maletín, a ver si
lograba tener una hora sin preocupaciones.
Tomé
el vaso y lo noté más pesado de lo normal. Al fijarme en su contenido me
encontré con un oso blanco aferrado a uno de los cubos de hielo. El animal me
quedó viendo y rugió lo más fuerte que pudo, mostrándome sus dientes afilados.
Yo me quedé un tiempo mirándolo, decidiendo entre pedir un cambio de trago e
irme sin pagar.
Uno
va a los bares a sacudirse el mundo exterior. Ya les había dejado pasar que
me dieran tragos con pingüinos y hasta alguno lleno de inuit que
intentaban construirse un igloo, pero esto de osos fue el colmo.
Me fui sin
despedirme.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2014


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