Recuerdo
el camión lleno de rostros preocupados y
el intenso olor a calor humano que se metía en la nariz y llegaba al cerebro,
dejándonos mareados, apenas con equilibrio para resistir el vaivén incesante
del viaje por el desierto
Unas
cuantas rendijas de luz entraban por las grietas de madera del tráiler. Muchos
querían gritar que nos dieran agua pero el miedo era más fuerte que la sed.
Luego un frenazo fuerte nos botó y unas ráfagas de balazos rompieron la tarde.
Escuchamos
un griterío y nosotros guardamos silencio, sintiendo como se mezclaba el
palpitar de nuestros corazones. Cuando quitaron el candado yo miraba turbio y
desde muy lejos me llegó el llanto de los niños y las suplicas de las mujeres.
Se me
vienen imágenes de camillas, hombres operando, la sensación de que me dejaban
vacío y una mesa llena de órganos. Después estar otra vez en un camión, con mi
cuerpo desinflado.
Me
despertaron los cuervos que graznaban espantados al verme. Yo los ví volar en
el cielo limpio que cubría el maizal en el que me encontraba. Traté de moverme
pero estaba atado a una estaca.
Al
inicio me desesperé, pero después de varios meses me resigné: estar relleno de
paja cuidando estos cultivos es mejor que morir olvidado en la frontera.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Octubre 2014
Imagen: internet


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