Después
de varios años de malestares digestivos decidí hacerme un chequeo médico
completo. Mi esposa insistió en que fuéramos a una clínica privada, pero yo no
estaba dispuesto a darle mis ahorros a esos chupasangre. Así que hice todas
las filas necesarias y aguanté la mala atención de las enfermeras del seguro
social, hasta obtener una cita.
Me
tocó un internista joven que sin mayores preámbulos me dijo que mi caso era muy
extraño, digno de un estudio médico. A manera de explicación me mostró las
imágenes tomadas en los exámenes. En ellas se podía apreciar claramente una
comunidad de hombrecitos y mujercitas labrando grandes campos de
cereal en mi intestino delgado.
Yo
me sorprendí mucho y mi mujer me regañó por toda la cochinada que como en el mercado durante la compra de fin de semana. El internista entusiasmado aseguró que había mapeado toda una ciudad que iba desde mi esófago hasta el
duodeno. Luego trató de contarme sobre las maravillas de sus medios de
transporte pero yo lo interrumpí, lo que me interesaba era saber cómo deshacerme de ellos. Él hizo todo lo posible por hacerme cambiar de parecer apelando a mi deber con la ciencia, la piedad cristiana y cosas así, pero al final
logré sacarle una receta con fuertes antibióticos acompañados de laxantes y un
subsidio.
Les ahorraré la descripción de mis
terribles idas y venidas al baño, sólo diré que fueron días bastante duros. Lo cierto es que nuevos exámenes confirmaron
que mi cuerpo estaba deshabitado.
Un
par de meses después recibí la visita de un funcionario del ministerio de
justicia. Desde el umbral de la puerta me pasó un citatorio para una audiencia.
Cuando abrí el sobre me encontré con una acusación de genocidio premeditado en
mi contra. Mi mujer aprovechó aquello para sacarme en cara que esto no habría
pasado si hubiésemos ido con un privado…
Tiene
razón.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2014
Imagen: estudio anatómico Leonardo da Vinci


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