El
joven K entró despacio al gran salón de los heterometábolos.
Adentro fue recibido en silencio por el consejo de ciudadanos subterráneos y un
ujier le indicó su lugar con un breve chasquido.
El
sumo sacerdote se ubicó en el centro del salón. Alzó sus patas delanteras e inició
la ceremonia de la mayoría de edad, recitando los linajes de invertebrados
a lo largo de cuatrocientos millones de años de evolución.
Mientras
el oficiante continuaba el recorrido a través del carbonífero, el cretácico y el extinto antropoceno, K estaba tan nervioso que tenía que contraer su musculatura para forzar la entrada del aire a través de sus espiráculos.
Al terminar el recital de linajes K estaba más tranquilo. Llenó sus tráqueas de oxígeno y pasó al centro, reconocido por sus mayores como un ciudadano
con plenos derechos. Ahí tomó entre sus extremidades superiores el libro sagrado y empezó la lectura…
Bendito sea el polímero de petróleo
Bendita sea la Dioxina
Bendito sea el nombre del ébola
Bendita sea la ojiva nuclear…
Y
así continúo durante horas la letanía de bendiciones por la sobrevivencia de
los blatodeos y la extinción de los humanos.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Octubre 2014Imagen: internet


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