Yo
no conocí personalmente a Pablo Ramírez, pero a veces me lo encontraba en la
cafetería de la esquina, dónde acostumbraba a firmar la mano de alguno que otro
fanático. Era un hombre delgado, con el aspecto de estar en sus treintas, de
buen vestir y ciertos modismos que lo delataban como un tipo de clase media de
gustos caros.
Él
fue el que puso de moda los insorcismos
¿sabe? Antes sólo era un juego de adolescentes en algunos barrios de Rio de
Janeiro. Pablo lo volvió mainstream,
con su blog de adoradores de Belial. Todos se volvieron locos con la idea de
dejarse poseer por demonios y en menos de un año el fenómeno se volvió global.
En
un momento dado existían unas seiscientas capillas demoníacas distribuidas en
cuatro continentes. La demanda de oficiantes insorcistas era tan alta que
alcanzaban a ganar un mínimo de dos mil dólares por ritual. Luego vinieron las
orgías públicas, las masacres y las auto inmolaciones. Pero nadie fue
sentenciado porque los jueces –también poseídos- sancionaron leyes que
absolvían de culpa a cualquier poseso certificado. La justicia humana no podía
aplicarse a seres infernales, era muy lógico.
Pablo
estaba en el centro de todo aquello. Se decía que satán mismo lo poseía, no
encontraban otra explicación para el nivel de sadismo perverso y brutal de sus
actos. En una cena de navidad había sodomizado, torturado y desmembrado a toda
su familia, junto a varios vecinos que estaban de visita. Luego, siguiendo el
ciclo de la luna, se convirtió en el terror nocturno de la ciudad con sus sangrientos
ataques a jóvenes parejas y ancianos
solitarios.
La
farsa terminó cuando varios –supuestos- poseídos expresaron en estado de trance
que Pablo Ramírez nunca había sido poseído, que no era más que un simple
asesino.
A
partir de eso todo se vino abajo. Pablo confesó y los jueces perdieron toda
credibilidad. Pronto las leyes que eximían de responsabilidad a los posesos
fueron derogadas y las capillas fueron cerrando por falta de clientes.
Pablo pudo engañarlos a todos, menos a mí. Su obra no fue la de un demonio, pero tampoco fue la de un humano. Fue Gabriel y su maldita manía de poner orden en este mundo. Pero volveremos, siempre lo hacemos.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Octubre 2014
Imagen: Thomas Burke's 1783 engraving of The Nightmare


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