sábado, 4 de octubre de 2014

GABRIEL



Yo no conocí personalmente a Pablo Ramírez, pero a veces me lo encontraba en la cafetería de la esquina, dónde acostumbraba a firmar la mano de alguno que otro fanático. Era un hombre delgado, con el aspecto de estar en sus treintas, de buen vestir y ciertos modismos que lo delataban como un tipo de clase media de gustos caros.

Él fue el que puso de moda los insorcismos ¿sabe? Antes sólo era un juego de adolescentes en algunos barrios de Rio de Janeiro. Pablo lo volvió mainstream, con su blog de adoradores de Belial. Todos se volvieron locos con la idea de dejarse poseer por demonios y en menos de un año el fenómeno se volvió global.

En un momento dado existían unas seiscientas capillas demoníacas distribuidas en cuatro continentes. La demanda de oficiantes insorcistas era tan alta que alcanzaban a ganar un mínimo de dos mil dólares por ritual. Luego vinieron las orgías públicas, las masacres y las auto inmolaciones. Pero nadie fue sentenciado porque los jueces –también poseídos- sancionaron leyes que absolvían de culpa a cualquier poseso certificado. La justicia humana no podía aplicarse a seres infernales, era muy lógico.

Pablo estaba en el centro de todo aquello. Se decía que satán mismo lo poseía, no encontraban otra explicación para el nivel de sadismo perverso y brutal de sus actos. En una cena de navidad había sodomizado, torturado y desmembrado a toda su familia, junto a varios vecinos que estaban de visita. Luego, siguiendo el ciclo de la luna, se convirtió en el terror nocturno de la ciudad con sus sangrientos ataques  a jóvenes parejas y ancianos solitarios.

La farsa terminó cuando varios –supuestos- poseídos expresaron en estado de trance que Pablo Ramírez nunca había sido poseído, que no era más que un simple asesino.

A partir de eso todo se vino abajo. Pablo confesó y los jueces perdieron toda credibilidad. Pronto las leyes que eximían de responsabilidad a los posesos fueron derogadas y las capillas fueron cerrando por falta de clientes.

Pablo pudo engañarlos a todos, menos a mí. Su obra no fue la de un demonio, pero tampoco fue la de un humano. Fue Gabriel y su maldita manía de poner orden en este mundo. Pero volveremos, siempre lo hacemos.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Octubre 2014

Imagen: Thomas Burke's 1783 engraving of The Nightmare