Muy de mañana preparé el
desayuno con coco y ensalada de mango con banano de las islas cercanas. Limpié
la parte de la cubierta que aún sobresale y me puse la escafandra para revisar
las partes bajas del barco. Registré cinco centímetros más de hundimiento, pero
el casco sigue intacto.
Después me aseguré que Agatha
comiese toda su comida y le pasé un plato a la vieja tortuga galápagos. Cuando
Agatha terminó de comer le ayudé a colocarse la escafandra más pequeña, revise
nuestros niveles de oxígeno y me fui con ella a explorar el arrecife, en busca
de peces y estrellas de mar.
Cuando regresamos la tortuga
seguía dormida y el sol estaba justo sobre nuestras cabezas. Preparé pescado y
lo serví con algunas algas verdes. Agatha
no quería comer, así que le recordé que yo era su hermano mayor y el capitán de
este barco hundido. Ella -a regañadientes- me hizo caso y se lo comió todo.
Al final del día nos fuimos
a dormir al único camarote seco. Con la luna asomando en el horizonte se
escuchó el bramido sordo del calamar gigante y luego el resoplar del cachalote.
No pasó mucho tiempo para que ambos hicieran crujir el barco con su lucha
terrible. Abracé a mi hermana y le susurré que todo estaría bien.
Con Agatha dormida y todo en
silencio, salí hacia la cubierta inclinada. Me quedé ahí un largo rato,
adormilado por el titilar de las estrellas y los ronquidos de la tortuga.
De repente el cachalote
apareció frente a mí, mirándome con uno de sus enormes ojos. Me dijo que se iba
a divorciar del calamar y volvió a las profundidades sin más. Yo me quedé ahí
sin entender nada: no conozco el lenguaje de los monstruos marinos.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2014
Imagen: internet


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