Frida
cerró los ojos y contó hasta diez, despacio, dejando que los números se dibujaran en su mente en grandes caracteres blancos sobre un fondo negro. Luego miró cada uno de los rostros de las otras niñas que estaban esperando
junto con ella. Todas lucían nerviosas, algunas dejaban escapar pequeñas
lágrimas, pero ninguna hablaba, ni siquiera un leve susurro, nada.
Meses
atrás Frida trató de convencer a su madre de que se la llevara lejos, que la
escondiese en alguna cueva o en medio de las dunas de un desierto. Su mamá la
abrazó y le explicó una vez más que todas las niñas debían pasar por la siega
al llegar a los doce años de edad.
Frida
no entendía porque las mujeres no estaban hechas para los cielos, no se sentía menos
fuerte ni más vulnerable que los niños. Pero todas sus preguntas siempre eran
descartadas por sus padres o castigadas con puntos menos en la escuela.
Cuando
le tocó su turno las otras niñas le sonrieron nerviosas. Adentro el segador le
indicó que se acostase boca abajo en una camilla de metal. Dos asistentes le
sujetaron brazos y piernas con bandas de cuero mientras le inyectaban un
líquido azul en los hombros.
Frida
miró hacia el cielo por la ventana, ahí donde los hombres vuelan con sus
enormes alas extendidas al sol, mientras a ella le cortaban las suyas con una sierra
esterilizada.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Octubre 2014
Imagen: internet


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