sábado, 11 de octubre de 2014

LA SIEGA



Frida cerró los ojos y contó hasta diez, despacio, dejando que los números se dibujaran en su mente en grandes caracteres blancos sobre un fondo negro. Luego miró cada uno de los rostros de las otras niñas que estaban esperando junto con ella. Todas lucían nerviosas, algunas dejaban escapar pequeñas lágrimas, pero ninguna hablaba, ni siquiera un leve susurro, nada.

Meses atrás Frida trató de convencer a su madre de que se la llevara lejos, que la escondiese en alguna cueva o en medio de las dunas de un desierto. Su mamá la abrazó y le explicó una vez más que todas las niñas debían pasar por la siega al llegar a los doce años de edad.

Frida no entendía porque las mujeres no estaban hechas para los cielos, no se sentía menos fuerte ni más vulnerable que los niños. Pero todas sus preguntas siempre eran descartadas por sus padres o castigadas con puntos menos en la escuela.

Cuando le tocó su turno las otras niñas le sonrieron nerviosas. Adentro el segador le indicó que se acostase boca abajo en una camilla de metal. Dos asistentes le sujetaron brazos y piernas con bandas de cuero mientras le inyectaban un líquido azul en los hombros.

Frida miró hacia el cielo por la ventana, ahí donde los hombres vuelan con sus enormes alas extendidas al sol, mientras a ella le cortaban las suyas con una sierra  esterilizada.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Octubre 2014

Imagen: internet