Roberto
Espinoza y yo trabajamos juntos en una agencia de publicidad. El tipo era un
genio para el desarrollo de marcas e imágenes corporativas... antes de
su cambio.
Una
mañana se sentó en su cubículo durante horas sin hacer nada. Le
pregunté si estaba bien, pero sólo me respondió incoherencias sobre estar
indignado con la manera en que acosaban a las mujeres en la calle, o de lo
arrepentido que estaba de haber proyectado su imaginario patriarcal sobre el
cuerpo de todas sus parejas. En fin, puras locuras.
Ese día
presenté la campaña de un desodorante masculino. Cuando pedí comentarios Roberto
nos dijo que éramos una tropa de machistas que sólo servía para perpetuar la
imagen de la mujer como un objeto sexual y se fue.
Meses
después nos enteramos que su familia lo había mandado a una clínica en Berlín.
Ahí descubrieron que sufría de una variable del síndrome de masculinidad
feminista espontáneo. El estudio médico determinó que todo comenzó después de
una semana de usar un nuevo tipo de acondicionador.
Lo
sometieron a un tratamiento agresivo de pornografía heterosexual y altas dosis
de testosterona inyectada. Lograban que Roberto chifleteara a las enfermeras,
pero después lo encontraban leyendo a escondidas a Simone de Beauvoir y tenían
que reiniciar el procedimiento.
Después
de cinco años la familia decidió suspender el tratamiento y asistir junto a él
a consejería familiar y varios talk
show televisados.
Roberto
intentó ser parte de varias colectivas feministas, pero no lo dejaron entrar
-desconfiaban de la duración del efecto del acondicionador- Ahora marcha sólo
por las calles cada ocho de marzo y trata de aleccionar a los hombres en los
bares de la ciudad.
Un
caso muy triste, de verdad que sí.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2014


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