martes, 14 de octubre de 2014

LOS PELIGROS DE USAR ACONDICIONADOR



Roberto Espinoza y yo trabajamos juntos en una agencia de publicidad. El tipo era un genio para el desarrollo de marcas e imágenes corporativas... antes de su cambio.

Una mañana se sentó en su cubículo durante horas sin hacer nada. Le pregunté si estaba bien, pero sólo me respondió incoherencias sobre estar indignado con la manera en que acosaban a las mujeres en la calle, o de lo arrepentido que estaba de haber proyectado su imaginario patriarcal sobre el cuerpo de todas sus parejas. En fin, puras locuras.

Ese día presenté la campaña de un desodorante masculino. Cuando pedí comentarios Roberto nos dijo que éramos una tropa de machistas que sólo servía para perpetuar la imagen de la mujer como un objeto sexual y se fue.

Meses después nos enteramos que su familia lo había mandado a una clínica en Berlín. Ahí descubrieron que sufría de una variable del síndrome de masculinidad feminista espontáneo. El estudio médico determinó que todo comenzó después de una semana de usar un nuevo tipo de acondicionador.

Lo sometieron a un tratamiento agresivo de pornografía heterosexual y altas dosis de testosterona inyectada. Lograban que Roberto chifleteara a las enfermeras, pero después lo encontraban leyendo a escondidas a Simone de Beauvoir y tenían que reiniciar el procedimiento.

Después de cinco años la familia decidió suspender el tratamiento y asistir junto a él a consejería familiar y varios talk show televisados.

Roberto intentó ser parte de varias colectivas feministas, pero no lo dejaron entrar -desconfiaban de la duración del efecto del acondicionador- Ahora marcha sólo por las calles cada ocho de marzo y trata de aleccionar a los hombres en los bares de la ciudad.

Un caso muy triste, de verdad que sí.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2014