Al
inicio era una sensación helada que me recorría la espalda por las madrugadas.
Luego llegó un momento en que estaba seguro de que había algo bajo la cama,
pero no me daba la garganta para gritar. Me quedaba quieto, agudizando mis
sentidos, calculando los pasos desde mi cuarto hasta el de mis padres.
Con
el tiempo aprendí a distinguir entre los murmullos de la noche, unas garras
aruñando desde abajo y una especie de sonidos guturales que parecían palabras.
Un
día decidí armarme con un foco y enfrentarlos. Ellos me estaban esperando con
té caliente y rosquillas -era increíble la forma en que habían aprovechado el
espacio ahí abajo- Reímos con sus historias de pies y calcetines y me dieron
excelentes consejos para mejorar en matemáticas y español.
Con
el pasar de los años nos hicimos amigos y hasta me ofrecí a ayudarles con sus
planes de conquista planetaria. Pero ellos se toman todo con calma, por ahora
sólo quieren avanzar una cama a la vez.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Octubre 2014
Imagen: internet


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