miércoles, 19 de noviembre de 2014

EL IMPOSTOR



Hoy por la mañana los fumigadores volvieron a alborotar el vecindario. Mi hermana corrió al cuarto del fondo para evitar que sus alergias se dispararan, yo simplemente me amarré un pañuelo encima de la nariz y la boca. En medio de la bullaranga seguí escuchando la radio, dónde casualmente reportaban un incremento de las enfermedades trasmitidas por mosquitos -sonaba alarmante la situación-. Así que  decidí dejarlos entrar esta vez, aunque nos dejaran apestada la casa.

Unas cuantas horas después los tenía mostrándome sus credenciales del ministerio de salud, mientras rellenaban sus artefactos que parecían sacados de alguna peli de ciencia ficción clase B. Cuando mi hermana trató de detenerlos ya era muy tarde: los sujetos con cierto odio profesional nos llenaron la casa de humo. 

Cuando los tipos se retiraron con sus aparatos infernales y la humareda blanca se disipó, descubrimos el cadáver del abuelo, caído en el ladrillo rojo del patio, con el periódico aún aferrado a sus manos. Yo me puse a llorar, horrorizado ante el engaño criminal al que nos había sometido durante tantos años aquel gigantesco zancudo.

Alberto Sánchez Argüello

Managua Noviembre 2014
Imagen: internet