Hoy por la mañana los
fumigadores volvieron a alborotar el vecindario. Mi hermana corrió al cuarto
del fondo para evitar que sus alergias se dispararan, yo simplemente me amarré
un pañuelo encima de la nariz y la boca. En medio de la bullaranga seguí
escuchando la radio, dónde casualmente reportaban un incremento de las enfermedades
trasmitidas por mosquitos -sonaba alarmante la situación-. Así que decidí dejarlos entrar esta vez, aunque nos
dejaran apestada la casa.
Unas cuantas horas después
los tenía mostrándome sus credenciales del ministerio de salud, mientras
rellenaban sus artefactos que parecían sacados de alguna peli de ciencia ficción
clase B. Cuando mi hermana trató de detenerlos ya era muy tarde: los sujetos
con cierto odio profesional nos llenaron la casa de humo.
Cuando los tipos se retiraron
con sus aparatos infernales y la humareda blanca se disipó, descubrimos el cadáver
del abuelo, caído en el ladrillo rojo del patio, con el periódico aún aferrado a sus
manos. Yo me puse a llorar, horrorizado ante el engaño criminal al que nos había
sometido durante tantos años aquel gigantesco zancudo.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Noviembre 2014
Imagen: internet


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