Recién jubilado, el hombre concluyó que lo más rentable para su familia era dejar sus asuntos en regla y tirarse de un puente.
Algunas horas más tarde, piedra al cuello y con
varias cartas enviadas, se lanzó al río. Por esas cosas de la vida cayó directamente en el cóctel de
un alto funcionario -que casualmente se paseaba en su modesto barco de veinte y
tres metros de eslora- ahogándose de inmediato entre la ginebra y las cerezas.
Cinco décadas después, los familiares del
occiso aún siguen pagando una onerosa demanda.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Noviembre 2014
Imagen: Internet


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