Saqué mi aguinaldo del cajero automático de la gasolinera. Con el dinero bien guardado, me tomé uno de esos líquidos negros industriales que te venden como café, mientras sacaba cuentas de todos los regalos que iba a repartir en casa. Ya listo para salir me fijé en un sujeto que no paraba de verme.
Salí lo más rápido que pude, justo cuando
comenzaba a caer un aguacero que convirtió las calles en grandes canales
acuáticos. El tipo venía tras de mí, dando grandes brazadas, yo intenté hacer
la rana lo más rápido que pude pero mi condición física siempre ha sido lamentable.
Ya con el hombre tocándome los talones un submarino emergió en una
bocacalle y desde la escotilla me hicieron señas de entrar. Yo me lancé de
cabeza en el agujero de metal que se cerró detrás de mí.
Adentro no tardé mucho en reconocer que
estaba en el Nautilus. Recorrí largos pasillos hasta llegar a una gran
cámara de cristal donde Nemo me esperaba con un té caliente. En silencio
recorrimos un submundo marino de largos tiburones blancos, anguilas inmensas y
ballenas. Luego pasamos a través de un laberinto de tuberías y aparecimos en un
lavamanos que me pareció familiar.
Quise abrazar al capitán y agradecerle por su
generosidad, pero él me apartó con amabilidad, tomó mi billetera, sacó el
dinero y me indicó la salida.
Ya se ve que con esta crisis no se puede
confiar en nadie.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Noviembre 2014
Imagen: internet


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