Mildred
llevaba meses insistiendo en pagar a alguien para cortar el monte del jardín.
Yo le replicaba que esos tipos cobran por hacer nada, que yo podía hacerlo gratis.
Claro que tenía que ser un día en que amanezca bien del reuma, no haga frío y
la liga no esté jugando.
Hoy se
juntaron esas condiciones, así que me fui machete en mano hacia la espesura
densa de matas y flores. Tardé una hora en abrirme paso entre enredaderas y
helechos híper desarrollados, hasta que llegué a un claro ocupado por un
castillo de piedra.
Mientras
me decidía entre darle la razón a mi esposa y tratar de podar semejante
desastre, una horda de enanos salió del monte y empezaron a asediar la
fortaleza con onagros y catapultas. Desde las almenas hombres en armaduras
respondieron con ballestas. Uno de ellos me miró y empezó a gritar a todo
pulmón algo sobre excalibur y el infierno se desencadenó.
A
como pude salí corriendo del lugar, perseguido por arañas gigantes y dragones
escupe fuego que salieron quien sabe de dónde y detrás de ellos, hombres y enanos entonando cánticos de guerra.
Cuando
llegué al borde del jardín les lancé el machete y todos se abalanzaron sobre él,
armando una masacre que me heló la sangre en las venas.
Ya
en casa le dije a Mildred que mañana mismo contrataría un jardinero. Ella sonrió
complacida y me dio una palmadita en el hombro.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Noviembre 2014


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