Cada día, al regresar de la escuela, me
detengo en el parque a un par de cuadras de mi casa. Está
lleno de juegos rotos y hojas podridas cubren el lugar, excepto por
un pequeño carrusel que ya no puede girar.
Ahí fue donde lo encontré. Estaba
sentado en un caballito sin cabeza. Tenía casi mi tamaño, con la piel oscura y
escamosa. Me dijo que estaba sólo y que se quería ir conmigo. Yo le tomé su
mano de uñas largas y le di un abrazo con los ojos cerrados. Cuando los volví a
abrir ya no estaba ahí.
De vuelta en casa mi madre me sirvió la
comida y me mandó a hacer tareas sin notar ninguna diferencia. Al caer la noche,
cuando todos estaban dormidos, me puse frente al espejo a platicar con él. Le pregunté
si ellos provocan que las personas guarden secretos oscuros y hagan cosas malas
a sus hijos. Me dijo que no.
Ahora sé que mi padre no está poseído por un
demonio, al menos no por uno como él mío.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Noviembre 2014


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