El anciano camina despacio hacia las olas y se sienta en la arena
a esperar la muerte del sol. La brisa marina activa su memoria. Recuerda
una sinfonía de Debussy en el celular de su abuelo, los torpes intentos de su hijo
para aprender a tocar la flauta en el refugio, el silbido de miles de bombas en
el cielo, la respiración suave de su esposa agonizante. Ninguna lágrima asoma
por su mejilla. Quince años de soledad lo han drenado por completo.
Al escapar de las ciudades, muchos se fueron al norte, cerca del polo, creyendo que encontrarían
sobrevivientes. Él podría ser el último ser
humano sobre la tierra. Sin radio, ni televisión es imposible saberlo.
Ya
se refleja el sol en el agua y pequeños anfibios desconocidos, salen debajo de
la espuma amarillenta. Al verlos, recuerda las historias de Darwin y se los imagina
creciendo, multiplicándose, diversificándose durante miles, millones de años,
hasta dar con una especie que herede una tierra libre de humanidad.
El
hombre se levanta y camina hacia ellos. La sinfonía de Debussy vuelve a su
mente, mientras los va pisando uno a uno, asegurándose de que ninguno llegue
hasta el bosque.
Alberto Sánchez
Argüello
Octubre 2017


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