Ahí
va la pobrecita de Josefina para afuera. Ya son tres veces que sale
del restaurante para ver si Germán está bien. Que si necesita el paraguas, que si tiene frío, que
si mejor la espera en el café de
enfrente.
Los veo disimulada a través de la ventana que da a la calle. Ella intenta tomarle la mano y Germán ni se percata, sólo está ahí, de pie, mirando hacia la nada.
Les dije a las chicas que este no era un buen lugar para
reunirnos, demasiado lujo, demasiadas restricciones. Pero ellas querían celebrar el octogésimo cumpleaños de Josefina
en un lugar nuevo. En la crepería de Don Santiago se come bien y siempre dejan
pasar a Germán, pero no hubo manera de convencerlas.
Ahora estoy aquí, pensando si cuando yo
sea viuda pasaré mis días como Josefina, pendiente de mi fantasma.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Octubre 2017


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