viernes, 20 de octubre de 2017

LO QUE CALLAMOS LOS PAPÁS



Entre tecleo y tecleo, me vuelve la ansiedad. Es como un escarabajo que recorre despacio mi estómago. Empiezo a morderme los dedos y los labios. Todo se detiene cuando entra una llamada. La pantalla del celular me muestra el nombre de la profesora de mi hija. Su tono de voz me confirma que llegó el día. Hace un esfuerzo por calmarse, pero no lo logra. Entre gritos me narra atropelladamente los hechos de las últimas cuatro horas.

Me describe el incidente inicial, el pleito en el aula, los regaños, la reacción fuerte de mi hija, su llamado a la rebelión, el corre y corre de profesores, las barricadas de las niñas, mi hija levitando del enojo, la mal lograda negociación de la directora, los incendios en los baños, la cisterna vacía de los bomberos, la evacuación de las casas vecinas, el intento desesperado por salvar el edificio del consulado ruso, los vítores de los niños desde los techos, el llanto de las profesoras y mi hija, ojos encendidos, gesto fatal, caminando entre las ruinas del colegio.

Un poco más calmada, me dice que me están esperando los directivos, el consejo de padres, el jefe de bomberos, la señora alcaldesa, el embajador ruso, el señor Obispo, tres canales de televisión y un comisionado de la policía nacional.  

Cuelgo, me sirvo un café y pido a recursos humanos permiso para ausentarme. Mientras camino hacia la salida, me siento en paz. Ya no más ansiedades, no más preocupaciones, no mas escarabajos estomacales. Mi hija finalmente destruyó su escuela, ya me puedo relajar.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2017

Imagen: pintura de Van Der Heyden