Todos
los sábados caminaba sola en el parque. Me gustaba sentir la corteza de los
árboles, el césped acariciando las plantas de mis pies, el reflejo del sol en
mis párpados. Pero eso era antes, cuatro
primaveras atrás, antes de las desapariciones.
Un
lunes las mujeres se fueron a sus trabajos en sus autos, en buses, a pie. Nunca
regresaron. Nadie se preguntó qué pasó con ellas. No hubo cobertura noticiosa,
ni búsquedas oficiales. Cada vez que preguntaba por mamá, mi padre me miraba
extrañado, como si nunca hubiese existido.
Luego
tocó el turno a las abuelas. Ellas desaparecieron una mañana de sábado. Quedaron sus cuartos vacíos, las camas desocupadas. Finalmente
desaparecieron las niñas. Las bebes en sus cunas, compañeras de escuela, mis
vecinitas. No se las volvió a ver. Me quedé sola, preguntándome porque no
desaparecí junto con ellas.
Ahora
vivo en un mundo poblado por hombres. Camino entre ellos sin que me vean. Andan
distraídos, somnolientos, como si les faltara algo. Mi padre pasa horas sentado
frente a la pared, sin comer, sin dormir.
Por las tardes me siento en la acera, para ver la brisa que mueve los árboles. En el viento escucho el arrullo de mi madre, las letanías de mi abuela, las risas de mis amigas. Me pongo a cantar suavecito, para que el aire les lleve mi voz.
Por las tardes me siento en la acera, para ver la brisa que mueve los árboles. En el viento escucho el arrullo de mi madre, las letanías de mi abuela, las risas de mis amigas. Me pongo a cantar suavecito, para que el aire les lleve mi voz.
Alberto Sánchez
Argüello
Managua 24 Octubre 2017
Imagen: collage de Fajar P. Domingo


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