martes, 24 de octubre de 2017

LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA



Todos los sábados caminaba sola en el parque. Me gustaba sentir la corteza de los árboles, el césped acariciando las plantas de mis pies, el reflejo del sol en mis párpados.  Pero eso era antes, cuatro primaveras atrás, antes de las desapariciones.

Un lunes las mujeres se fueron a sus trabajos en sus autos, en buses, a pie. Nunca regresaron. Nadie se preguntó qué pasó con ellas. No hubo cobertura noticiosa, ni búsquedas oficiales. Cada vez que preguntaba por mamá, mi padre me miraba extrañado, como si nunca hubiese existido. 

Luego tocó el turno a las abuelas. Ellas desaparecieron una mañana de sábado. Quedaron sus cuartos vacíos, las camas desocupadas. Finalmente desaparecieron las niñas. Las bebes en sus cunas, compañeras de escuela, mis vecinitas. No se las volvió a ver. Me quedé sola, preguntándome porque no desaparecí junto con ellas.

Ahora vivo en un mundo poblado por hombres. Camino entre ellos sin que me vean. Andan distraídos, somnolientos, como si les faltara algo. Mi padre pasa horas sentado frente a la pared, sin comer, sin dormir. 

Por las tardes me siento en la acera, para ver la brisa que mueve los árboles. En el viento escucho el arrullo de mi madre, las letanías de mi abuela, las risas de mis amigas. Me pongo a cantar suavecito, para que el aire les lleve mi voz.

Alberto Sánchez Argüello

Managua 24 Octubre 2017

Imagen: collage de Fajar P. Domingo