Yo
soy una buena madre, eso nadie lo puede
negar. Todos los días preparo el desayuno, llevo a los niños a la escuela, lavo la ropa y
limpio sin quejarme. En casa nunca me han escuchado gritar y siempre
que lloro, lo hago sola en mi cuarto. Cuando mi marido
regresa de sus viajes de negocios lo recibo con una sonrisa y no le hago
ninguna pregunta.
Tampoco
me gusta hablar de mi vida con otros, menos con los vecinos. Por eso odié las
tres horas que estuve encerrada con ellos en el ascensor. Los viejos del
catorce y el solterón del dieciséis, ahogándose en sudor, contando sus vidas
miserables como si fueran personas importantes. Que si el alquiler de los
departamentos está caro, que si los hijos ingratos se olvidan de sus viejos, que
si la vejez es soledad, que si el mundo está lleno de egoístas, que si ser gay es
vivir un infierno. Me colmaron la paciencia y terminé gritándoles que no sabían
lo que era sufrir la vida doméstica, la infidelidad de un marido imbécil y el
desprecio de dos hijos idiotas. Les dije que no sabían lo que era vivir cada
navidad, con la ilusión de ponerles veneno en el pavo y verlos morir lentamente,
como hice con mi madre años atrás.
No
dijeron nada más. Se quedaron ahí, pálidos, como si fueran peces ahogándose en
una playa. Cuando el conserje logró sacarnos se fueron en silencio, alejándose
de mí sin voltear.
Ahora
estoy aquí, en la sala, ensartando alfileres al muñeco del miserable de mi
marido, ideando una visita a los del catorce y el dieciséis, sin escándalos,
sin desorden, como una buena madre.
Alberto Sánchez Argüello
Managua Noviembre 2015
#Wordvember DÍA 14

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