Ayer
renuncié a mi trabajo de laboratorista en el ministerio. No soportaba las
miradas de odio de mis colegas y el dolor en el pecho me dificulta respirar. Maldita la hora en que hice el trato con esa
estúpida vaca clonada. Tendría que habérsela entregado a la sección de
interrogatorio alienígena en vez de traerla a mí casa.
Al
comienzo me pareció una buena idea ayudarles a destruir la tierra y todo eso.
Se me ocurrió que podría iniciar una pequeña comunidad terrícola en el planeta
al que habían prometido llevarme. Tener mi propio harem y procrear una centena
de niños. Traté de convencer a varias colegas. Pero ellas en vez de apreciar la oportunidad histórica que les ofrecía, me
acusaron de cerdo machista y pusieron una denuncia por acoso laboral en
recursos humanos. Me llamaron la atención y me hicieron pruebas psiquiátricas.
Ahora me
vigilan. Hay cámaras en el inodoro, en el comedor y en mi cuarto. Abajo
hay un auto de vidrios polarizados que nunca se va. Tuve que matar a la vaca y comérmela.
Tardé varios días pero no podía dejar rastros. La niña de la vecina ha venido a
preguntar por ella, pero me hago el sordo y la mando a su casa.
Desde
que me comí la vaca, escucho sus comunicaciones telepáticas en un idioma que no
comprendo. Varios tumores me crecen en el pecho irradiando una luz verdosa por
las noches. Soy muy cobarde para matarme, pero sé que no me queda mucho tiempo. Así
que no volveré a salir de la cama. Soñaré con ese planeta lejano en el que mi
comunidad florece, en armonía entre mis esclavas sexuales y cienes de niños felices
que me proclaman como su padre y su rey.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Noviembre 2015
#Wordvember DÍA 22

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