El
grifo del baño está goteando. Escucho la gota caer cada cierto tiempo, pesada,
haciendo un eco que recorre el departamento, como una pequeña explosión. Me
gusta que el espacio se llene de su sonido. Me hace compañía. Prefiero
concentrarme en ese goteo, en vez de los ruidos de los coches que van y vienen
por la calle, como si la noche les diera permiso para ir más rápido.
Tengo
hambre, pero no sé si vale la pena caminar hasta la refrigeradora, son cinco
metros que mis huesos van a resentir. Toca decidir entre mi estómago y mis
rodillas. Creo que van a ganar mis rodillas. A mí edad hay que saber cuáles son
las batallas que vale la pena perder. De todos modos ya pronto amanecerá y me cocinaré
un par de huevos revueltos con tomate. Es sólo otra jornada de insomnio para un
viejo jubilado.
Mi
nieto viene mañana. Otra vez intentará convencerme de mudarme a su casa en la
ciudad vecina. Pero yo no quiero estorbar, su esposa es demasiado amistosa.
Ellos no saben lo que es vivir con un viejo artrítico que empieza a olvidar ir
al baño. Sé que insistirá con eso de que van a destruir la capital, y toda esa
información confidencial que le pasaron en el ministerio. Algo sobre prevenir el
apocalipsis y otras locuras que se inventa este gobierno.
No
me importa si es verdad. Ya son demasiados años en estos departamentos, ¿qué
harían estas paredes sin mis ronquidos ahogados? Además, yo sé que la señora García visita los
departamentos cuando cree que nadie la mira. En las madrugadas entra con un
hacha de metal y al día siguiente otro vecino desapareció. Es una buena forma
de irse, sin molestar con velorios y funerales
caros y aburridos. Pienso en eso mientras escucho la gota caer. Puedo
escuchar su recorrido en el aire, lento y preciso como una bomba de cristal y
detrás, apenas perceptible, el sonido de la puerta abriéndose.
Alberto Sánchez
Argüello
Managua Noviembre
2015
#Wordvember DÍA 24

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