Encontré
una cabeza de payaso. Estaba en el sótano, envuelta en una sábana,
dentro de una bolsa negra. Estoy segura que es alguna especie de mensaje. Alguien
sabe lo que les hice a los del catorce y dieciséis.
Saqué
la libreta y comencé una lista. Escribí el nombre del vendedor de seguros que nunca
saluda, ese que tiene un tic en el ojo y parece que nunca se bañara. El del
pastor que vive en la planta baja, el mismo que le grita todos los días a su
mujer y mira de reojo a mi hija adolescente, la mira y se saliva como perro
hambriento. El de la vieja gorda del treinta y tres, la que apesta a excremento de
gato. Escribí sus nombres y calculé posibilidades. Luego dejé de escribir. Todos
los que viven en este condominio son unos seres asquerosos. Pudo ser
cualquiera.
Necesito
tiempo para pensar. Menos mal que el inútil de mi marido volvió a irse. Otro
supuesto congreso fuera de la ciudad. Un par de noches atrás quiso matarme de
nuevo. Intentó abrir a hachazos la puerta del baño donde me escondí, pero se
asustó a mi primera cuchillada. Es un cobarde.
Él
se fue y dejó el hacha. Es un poco pesada, pero creo que la puedo manejar. Volví
a sacar libreta y empecé un cronograma. Serán muchas noches, pero la cabeza
del payaso necesita compañía.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Noviembre 2015
#Wordvember DÍA 21

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