Tuve
un sueño muy extraño. Mi cama flotaba en un río subterráneo que avanzaba entre
escaparates de vidrio. Cada escaparate mostraba a mi familia, estáticos como
muñecos. En uno mi padre sostenía un hacha frente a mi hermana mientras mi
madre sonreía, en otra mi hermana ahorcaba a mi madre mientras mi padre leía el
periódico, en otra los tres desayunaban mi cuerpo en la mesa del comedor.
Al
final del río la cama encalló en la base de una escalera vertical. Subí y me
encontré en un cruce de túneles que parecían el sistema de alcantarillas de la
ciudad. Mientras decidía cual tomar, escuché una risa y miré al payaso del
parque correr. Lo perseguí sin querer hacerlo, como si mis piernas se mandaras
solas. Corrí por horas, pasando por encima de crujientes colonias de cucarachas
y pequeñas manadas de ratas que intentaban alcanzarme.
Finalmente
llegué a una puerta al final del túnel. Al entrar me encontré en mi cuarto. El
payaso en el centro, sosteniendo el hacha de mi padre. La tomé de sus manos y él
se arrodilló frente a mí.
Cuando
desperté sentí mojada mi cama. Levanté la sábana y la cabeza del payaso yacía a
mi lado. Todo estaba empapado de sangre. Aún era temprano. Mi hermana flotaba
dormida y mis padres seguían en su cuarto. Me apresuré a envolver todo en
plástico negro y lo acomodé a como pude en el sótano, cuidando que mi abuela no
estuviese cerca.
Ahora
no sé si todo eso pasó. No quiero bajar para averiguar si la cabeza sigue ahí
abajo. Me lavo las manos constantemente. Siento que la sangre no ha
desaparecido. Necesito un mejor jabón o tendré que cortármelas.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Noviembre 2015
#Wordvember DÍA 19

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