Mamá
no me habla. Cuando regreso de la escuela me la encuentro sentada frente a la
puerta del cuarto de mi hermano, moviendo sus labios sin decir palabra.
Desayunamos y cenamos en silencio. Yo le cuento lo que hice en el día, el cien
que obtuve en aritmética, las canciones
que aprendí a tocar en clases de guitarra, los goles que metí en la liga. Pero
ella siempre me mira con frialdad, masticando despacio, como si la comida
estuviese hecha de goma. Sólo el fantasma de mi hermano me mira con dulzura
desde la ventana.
Mi
cuerpo no pudo salvarlo. Yo sé que eso es lo que mamá me reclama sin decirlo. Todas
las idas al hospital, inyecciones y operaciones no sirvieron de nada. “La
médula no funcionó” dijeron los médicos y mi madre calló para siempre. Lo
enterramos un domingo iniciando el invierno. La lluvia llenó de lodo los zapatos
bien lustrados de mi abuelo y dejó el césped del cementerio llenó de perlitas
cristalinas. Después todos se fueron y mi madre me llevo a esta casa que ya no
parece nuestra.
Ahora
siempre llueve y todo se siente más vacío. Quisiera hablar con mi hermano, pero
él se disuelve bajo el aguacero, dejando una estela negra en el patio.
Al
final la vaca de mi vecino es la única que me escucha. Ella sabe
muchas cosas. Sabe por ejemplo como hacer una pequeña máquina para desaparecer
mi casa, mi madre, todas las casas, todas las madres. Me va a enseñar a hacerla. Entonces podré caminar con mi hermano en la lluvia y dejar de vivir en silencio.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Noviembre 2015
#Wordvember DÍA 17

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