Sentada
en esta banca pienso en mi vida. Ya no queda nada de esa emoción inicial de
flotar sobre los techos. Moverme por encima de los parques y esperar sentada en
las copas de los árboles. Acechando a vagabundos y niños perdidos con sus
tarritos de pegamento. El gusto de la cacería. La recompensa final.
En
casa la carne cruda escasea. Mi madre ya no sale a hacer compras como antes, se
la pasa todo el día sacándole brillo al hacha de papá. Mi hermano parece que
tiene algo roto por dentro, lavándose siempre las manos hasta sacarse sangre de
la piel, mirando las paredes como si quisiera hablar con nuestra abuela. Ese
sitio ya no es mi hogar.
En
otras ciudades los vampiros adolescentes se mueven en manadas, bañando de
sangre el asfalto nocturno de las ciudades. Yo amo mi soledad, pero a veces
quisiera un acompañante, otro monstruo que mire la luna como yo la miro.
Alguien con quien compartir la cacería.
Por eso me acerqué a ese muchacho. Ese que tenía una mirada oscura, un brillo de demonio. Lo seguí por
horas y me hice notar. Él me esperó en un callejón. Noté que tenía un bulto
bajo su chaqueta. Me dije a mí misma que era una pistola, una navaja quizás. Me
acerqué confiada de mis colmillos y cuerpo inexpugnable. Él me dejó acercarme y ofreció su cuello. Yo, consumida por la fantasía de un amante inmortal, me
dejé llevar.
Tardé
un tiempo en sentir la estaca rascando mi corazón. En un parpadeo desmembré al muchacho, pero el daño estaba hecho. En el fondo sabía lo que iba a pasar, siempre lo
supe. Ahora la banca se alarga debajo de mí, como un mausoleo de granito. Allá
arriba la luna se torna roja y yo siento frío, por última vez.
Alberto
Sánchez Argüello
Managua
Noviembre 2015
#Wordvember DÍA 25

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