martes, 14 de julio de 2009

CRONICAS DEL TIEMPO DEL NO TIEMPO: El Nagual


Era ya mediodía cuando el caminante se detuvo debajo de una Ceiba gigante, paro agotado de horas de un tiempo que se había extendido como bambú, largo y elástico.


El caminante intentaba calmar la ansiedad de la búsqueda del hermanito nagual. Era su primera vez solo entre montaña, su corazón le latía en la boca y la opresión de no tener nadie a quien recurrir parecía agrandar el tamaño de todas las cosas. Las grandes rocas de la montaña se convertían en colosos de las civilizaciones antiguas, monstruos duros que le vigilaban en silencio; los árboles parecían cortarle el paso a cada momento y los sonidos de aves e insectos se habían vuelto ensordecedores con el tiempo, era hora de descansar.


Posó su cuerpo en la tierra, aún vigilante de las serpientes que podían ocultarse bajo la hojarasca de aquel verano seco y al mirar el suelo descubrió un sendero de hormigas rojas cargando provisiones para nidos ocultos en el inframundo.


Se fijó en una de las hormigas más pequeñas, que con gran esfuerzo cargaba una hoja que medía el doble que ella, y mientras la miraba, la hormiga creció en su espacio visual y el mundo estaba hecho de tallos, tierra y hormigas gigantes moviéndose en una danza sin final.


El caminante volvió su mirada hacia el bosque y su corazón volvió a cerrarse, la garganta dolía de sed, pero era más el dolor de la soledad, el sentimiento de ser el único ahí. El peso de su propio silencio era insoportable y entonces cuando la carga parecía hundirlo en el piso… soltó todo… se dejo ir.


Este era el momento previsto en la tradición de la casa de Quetzalcóatl, la prueba del caminante, en la búsqueda del nagual, reencuentro con la montaña y el bosque, romper la ilusión del individuo, romper la ilusión de la soledad.


Y así el caminante se volvió bosque, y se hizo hormiga, y se sintió tierra, piedra y montaña, su cuerpo en una sensación nueva se fue extendiendo hacia todos los costados, sus piernas se sentían largas y conectadas como raíces a la profundidad de la tierra al punto de no sentir sus pies, sus brazos se alejaron de él, hasta entrar en las madera y las rocas y su pecho se sentía aéreo, flotando hacia los lados sin peso, y de repente ya no había cuerpo ni mirada, ni respiración, solo una conciencia extendida, algo que mira sin mirarse a si mismo, un sentir que se funde con el espacio de los seres y las cosas, el fluir con el universo.


Y mientras peligraba en perderse entre las partículas universales un zumbido fuerte le ayudó a reintegrase en si mismo. Con dificultad movió sus brazos y miró sus propias manos asombrado y sintió de nuevo las piernas y los pies y el zumbido nuevamente se dejó escuchar.

Por un momento tuvo temor y a su mente venían imágenes de dantos y jaguares rodeándole dispuestos a rasgar su carne y destrozar sus huesos, pero recordó las palabras del Tlamatinime y se hizo claro que la búsqueda de su hermanito nagual había llegado a término y era momento de abrazar su camino.


El zumbido siguió acercándose y el caminante se sentó a la espera, sintiendo aún la conexión con la tierra, invitando, sintiendo…


Y entonces apareció ante él, un colibrí negro, grande como paloma, como nunca había visto y su zumbido era fuerte y alegre, el caminante le vio a los ojos y el colibrí se acercó y se posicionó estático en el aire, mirándolo también.


Y la conexión fluyó entre los dos, el caminante podía ver el mundo desde los ojos del colibrí y el colibrí podía ver el mundo desde los ojos del hombre, eran hermanos de energía, el caminante había encontrado a su nagual, la energía que le permitía conectarse con el universo, su traductor espiritual.

Así pasó un tiempo de sentir y fluir en el que el caminante percibió mas allá de su ombligo, mas allá de su carne, hueso y pensamiento, volviendo a la conexión original con las manifestaciones de la vida y del ser, hasta que el canto del tlamatinime, posado en un árbol en el centro del monte, cortó la conexión.


El caminante se despidió de su hermanito nagual y el colibrí voló zumbando cerca de él mientras volvía al camino, al centro del monte al reencuentro con los de su especie.


El colibrí también volvería con los suyos, pero ambos estarían siempre conectados, permitiendo a la madre tierra hilvanar nuevamente los hilos de la red de la vida y la conciencia, un poco más, cada día.

7 TOJ 11 Junio

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