martes, 14 de julio de 2009

LA TIERRA DE LOS CAVILADORES


A Borges

Desperté sorprendido con dos lágrimas en mis mejillas, había llorado dormido, no me era fácil desapegarme de la ilusión corporal, a pesar de mis mil quinientos años, seguía sufriendo la histeria propia de quien se cree encarnado, el llamado síndrome de los vivos, estudiado afanosamente por el concilio de los sabios de halicarnaso.

El ardor del gusano que carcomía mi mente me ayudó a centrarme, era la frustración que siempre me acompañaba al despertar, la de arrastrar mi espíritu abatido por todo lo perdido.

Los rugidos de las olas embravecidas acabaron por despejarme por completo, el combate celestial de rayos me quitó el aliento y me estremecí con la figura grande y adusta de Carón, que me contemplaba en silencio desde la popa de nuestra improvisada barca, "Al fin despiertas" me dijo, "Tus pesadillas nos han dado buenos vientos, pero ahora están a punto de hundirnos" yo intenté hacer un gesto de disculpas pero el dolor en mi espalda congeló mi rostro en un rictus de dolor, el combate en la feria de los Dioses había dejado huellas en mi alma.

Contemplando el huracán que mis pesadillas habían manifestado, me dí cuenta de lo poco que había logrado olvidar. Carón me había impedido beber del río, el barquero sólo había hecho amistad con dos almas en su vida: el primero, un viejo filósofo y el segundo, un guerrero de la luz que había perdido la batalla... a veces sentía que habría sido mejor que me dejase olvidar en vez de llevarme en estos viajes.

Carón parecía descifrar el vaivén de las olas con la mirada serena de un espíritu que ha visto el trasegar de infinitas almas ¿dónde estamos? pregunté, conociendo que la respuesta después de tantos viajes juntos, "en algún punto entre tu imaginación y mi memoria" me dijo con tono acre.

Y como siempre, como si sus palabras fueran un conjuro para mis pesadillas, el mar se volvió negro y la tierra apareció de repente ante nosotros, como la espalda de una ballena gris, apenas tuve tiempo de admirar las ramas secas de algunos árboles otoñales que parecían recibirnos desde la playa.

Nuestra barca encalló con tal fuerza que salí despedido hacia los farallones y seguramente habría muerto desnucado sino fuera porque mi cuerpo ya no tenía vida que perder.

Al poco tiempo Carón había aparecido para ayudarme a recuperar la postura, tenía que agradecer al viejo barquero por su paciencia, a pesar de que le complicaba sus viajes con mi necia imaginación, manifestando sifones y huracanes, él siempre lograba encontrar la ruta hacia sus recuerdos, antiguos como la primera de las humanidades.

"Estamos en la tierra de los caviladores" dijo en un tono apenas audible, como si lo dijese más para sí mismo. Fue hasta entonces que noté lo extraño de aquel lugar, a diferencia de las otras islas aquí todo parecía muerto, más allá de la neblina gris que producía la imprecisión de los recuerdos de Carón, la tierra parecía estar hecha de cal y los árboles secos eran la única señal de que alguna vez vida alguna hubiese poblado aquellas latitudes.

"¿Esto es mi manifestación?" pregunté y Carón miró hacia las tierras desnudas con melancolía, "No" respondió después de un tiempo "Aquí habitan los caviladores, los de la eterna reflexión, los verdaderos inmortales" yo quedé impresionado con la respuesta, ¿podía ser que la especie humana hubiese persistido después de todo?, ¿incluso después del tiempo del no tiempo? Carón, que podía escuchar mis pensamientos, me miró con severidad y una vez más me ubicó "Nada sobrevivió, esta es la confluencia entre mis recuerdos y tus pesadillas, recuérdalo o tendré que dejarte en el mar" aquello bastó para dejar mis ilusiones en paz, no quería perder la razón, Carón me había salvado demasiadas veces de la locura.

"Un viejo pordiosero de Antioquía me habló de este lugar" dijo Carón "Antes de caer en desgracia aquel pordiosero fue esclavo en una escuela de filósofos, ahí escuchó a sus amos cuando preparaban su viaje a una lejana isla en los mares del sur "

El pordiosero había contado a Carón que sus amos habían marchado y nunca más nadie había sabido de ellos, pero el barquero siempre encontraba la manera de saberlo todo y fue el espíritu de un cangrejo de piedra el que le trajo noticias de aquella isla, un lugar donde los filósofos habían fundado su propia utopía, una sociedad de pensadores que con los años había logrado alcanzar el máximo ideal de los intelectuales: el nacimiento del hombre puro sapiens. Un hombre sin ataduras instintivas, sin pensamiento de especie ni carácter social. Aquel hombre usaba totalmente su razón, no había acción, por más nimia que fuera, que no fuera objeto de su reflexión y razonamiento: los latidos de su corazón, la secreción hormonal, la temperatura de su cuerpo, el movimiento de sus intestinos, cada uno de los cabellos de su cabeza, cada poro de su piel, el movimiento de los astros en el cielo, las aves que se posaban en los árboles de la isla, el gesto de cada rostro, las emociones propias y ajenas, desde su formación bioquímica hasta su expresión corporal.

Se llamaron a sí mismos los caviladores y por un tiempo sintieron la gloria de ser los primeros inmortales, por que al controlar totalmente su cuerpo, sus emociones y su entorno, habían superado la enfermedad y la vejez, su pensamiento bastaba para controlar todo.

Luego mientras mayor fue el control más saturada de información quedaba la mente, eso obligó a los cerebros a expandir sus coeficientes y así lo hicieron. Pronto fueron tan inteligentes que podían hablarse entre sí sin mover los labios, luego no necesitaron moverse al desarrollar la capacidad de mover las cosas a distancia, el control de sus emociones les dio la posibilidad de dedicar toda su energía a la contemplación intelectual y el control total de su cuerpo de alimentarse del aire como algunas bacterias, sus cuerpos se volvieron vegetativos y cada uno de ellos alcanzó la iluminación.

A llegar aquel momento los caviladores no pudieron moverse nunca más, su ser, al volverse totalmente intelectual, era incapaz de actuar ya que cada acción era pensada en sus infinitas posibilidades y cada acción en sus reacciones posibles era a su vez infinita como el reflejo de miles de espejos cara a cara, y así, como jugadores de ajedrez ante su primera jugada, los caviladores colapsaron hacia un congelamiento eterno del pensamiento de las infinitas posibilidades de sus acciones, de ahí su inmortalidad, ya que la muerte era también una de las posibilidades y no lograban decidirse sobre ella tanto como no lograban decidirse sobre mover las manos o levantarse.

Así había llegado el tiempo del no tiempo y los eones de extinción no les habían tocado, "Por eso nunca utilizaron mis servicios" dijo Carón con una sonrisa, aquella pequeña isla había quedado rezagada entre el fin de los días, como un recuerdo que se extiende como un eco hacia el horizonte..

Finalmente encontramos a los habitantes de aquella isla muerta, entre la neblina se fueron dibujando como sombras blancas cubiertas de velos de seda, algunos yacían acostados en la arena, otros de pie en extrañas posiciones, parecían estatuas mortuorias, estaban cubiertos del polvo del tiempo, algunos nidos de pájaros extintos y ramas secas enredadas entre sus miembros evidenciaban su eviterna inmovilidad.

Antes de poder acercarme a uno de ellos Carón me tomó de la mano, "No" me dijo "Aunque solo sea una sombra de mi recuerdo no le hagas sufrir" yo quedé intrigado por su prohibición y él me explicó sus motivos "Si te viera tendría que sumar a sus infinitas decisiones la de hablarte o no, darte la mano izquierda o la derecha, asustarse o alegrarse, y así hasta que el mundo volviese a nacer de la nada en el océano de la posibilidades universales".

Yo quedé mudo ante aquello y empecé a moverme en silencio al lado de Carón mientras volvíamos a dirigirnos a nuestra maltratada barca, y antes de volver a emprender nuestro viaje imaginario me volteé para contemplar por última vez aquella raza de inmortales, congelados en el tiempo, incapaces de conocer que el universo había desaparecido y ellos existían apenas como sombras, entre mis pesadillas y los recuerdos del barquero de los infiernos.


ASA 24 Octubre 2005