lunes, 20 de julio de 2009

Una poetisa y dos Generales


La noche se cierne sobre la ciudad, una noche sin tiempo que reverbera ecos en la historia. Me palpo las manos y las siento húmedas, mi cuerpo sabe que estoy maldito por mis actos y mi pecado se consuma en cada orden que recibo y dejo cumplir.


A mi lado, el General se acomoda el pantalón con las dos manos en un gesto propio de su especie: la de los hombres que se animan a ser eternos por la fuerza de los coyoles, animal mezquino que mira el universo a través de su ombligo y nada más.


- ¿No has oído descargas?


El General pregunta con rostro duro y preocupado, las palabras dulces y armoniosas de la poetisa no parecen afectarle, un soplo mortal le recorre el espinazo con la seguridad visceral de estar atentando contra una vida que vale cien veces la suya. Cualquier sonido se asemeja a un disparo, la carcajada de un teniente, el destapar de una botella, el General no tiene oídos para la vida, esta noche la muerte es más importante.


El recital se prolonga como si los minutos fuesen el preámbulo de una pequeña eternidad, allá afuera poco más de cincuenta hombres están cambiando la faz del futuro, no piensan entrar en la historia con apologías y panegíricos, sus armas llevan en sus recámaras nuestros argumentos.


- ¿No has oído descargas?


El General vuelve a preguntar imperioso como si intentase conjurar con sus palabras el fin de los eventos, su respuesta es el silencio y casi puedo adivinar en la opacidad de sus ojos el fúnebre pensamiento de saberse maldito.


Finalmente se escuchan las descargas, el sonido viaja con el viento y se convierte en una reguera de pólvora. Cada hombre se alza como un animal acechado, pero sólo el General y nosotros sabemos cual es el aposento final de aquellas balas.


La poetisa calla con gesto grave, nuestras miradas se cruzan como sombras sin aliento, a lo lejos se empieza a sentir la larga sombra de tres cuerpos calcinados por la ambición, entre ellos, abatido por su ilusión de ser el tercer poder de Nicaragua, el otro General: Augusto Cesar Sandino.


ASA