martes, 14 de julio de 2009

HOMBRES Y MUJERES DE MI BARRIO (primer lugar cuento CANTERA VII CONCURSO NACIONAL “OTRA RELACIÓN DE GÉNERO ES POSIBLE” 2007)

Todos los chavalos de la cuadra se juntan en la esquina de la pulpería. Puntualitos a las seis y media ya están llegando, unos bien bañados, con sus gorras y sus pantalones de reggeaton. Otros apenas vestidos y bien cachimbeados, por los trabajos que tienen en la zona o en alguna vulcanizadora. Pero hoy no están ahí. Esta madrugada, a dos bloques de ahí, mataron a Dany. Lo encontraron con el cuello tasajeado, los brazos y piernas macheteados. Nadie dijo quién lo mató, pero todo el barrio sabe que fue por causa del "traido" con Charchaleado y su pandilla, que viven más allá del puente.


Hoy la esquina está despoblada. Sólo está Ricardo, llorando sin lágrimas la muerte de su hermano mayor, su mejor amigo. Aprieta los puños. Le duele la quijada de la rabia. Su corazón está partido entre el amor y el odio, entre la resignación ante la muerte y el deseo de una venganza imposible. 

"!!!Charchaleado hijuelagranputa!!!", —grita al aire, y se clava las uñas en las piernas hasta sacarse sangre. Diecisiete años en el barrio le han enseñado que la vida no vale nada cuando el honor de ser macho está en juego. Dany había defendido a una chavala en una fiesta. Charchaleado andaba bolo y la quiso manosear a la fuerza. Dany le dio un empujón tan fuerte que el jefe de los puenteros se fue contra el piso. Todos se echaron a reír y se "bajaron" en él. Charchaleado estaba tan tomado que no podía sostenerse, y sus bróderes no estaban con él, pero alcanzó a gritarle a Danny su maldición: "¡A mí nadie me turquea, hijoputa! ¡El que te mata soy yo!" —y se fue dando tumbos. Así comenzó el "traido", así comenzó la muerte.


Por la calle de tierra aparece Jonathan, regresando apenas de llevar pacas de ropa a Jinotega. Se acaba de desayunar con la noticia de la muerte Dany, y se apresura a la esquina de la pulpería. De lejos mira a su carnal sentado en la cuneta. Lo mira bonito, con su camisa blanca y su peinado como el de don Omar. Jonathan se asusta de su propio pensamiento —"Si yo no soy maricón", —piensa. Y se pregunta si será que la cochonada del profesor de danza se pasa.

Finalmente los dos chavalos están frente a frente. Quieren abrazarse pero piensan que eso no es de hombres. Jonathan quiere llorar en el hombro de su amigo, pero lo detiene la idea de que lo vean y después digan en el barrio que se porta como mujer. Ricardo se decide a darle un apretón de manos y un medio abrazo palmotéandole la espalda, para dejar bien claro que ellos dos son machos, nada de mariposadas.


Jonathan se sienta en la cuneta —"¿Qué pasiones, prix?" —pregunta reprimiendo sus ganas de abrazar a su amigo y decirle cuánto lo quiere. —"Aquí, pensando en mi hermano", —responde Ricardo, —"aguantando como hombre el dolor y viendo cómo hago para matar a ese maricón". Jonathan se tranquiliza con esas palabras. Hablar de odio es más fácil que hablar de amor. —"Sí, prix, cuando los 'pescas' dejen de estar jodiendo, juntamos a la manada para desturcar a ese maje".


Dos años antes, Ricardo y Jonathan habían hecho juntos un viaje a Jinotega, y les había tocado dormir en la misma cama. Pasaron muy incómodos la noche, dándose la espalda para evitar todo contacto. Ya con lo helado de la madrugada se abrazaron, y con el canto del gallo que anuncia el sol, abrieron los ojos, se quedaron largo rato entrelazados, mirándose en silencio, y así, sin palabras, se habían dado un beso. Un cosquilleo les recorrió todo el cuerpo, y se abrazaron con más fuerza. Pero luego sus mentes se inundaron de voces —"¡¡¡Cochón, maricón, pato, mariposa, gay, gay, gay!!!"—. Con horror deshicieron el abrazo, sintiendo un sudor frío en el cuerpo, y volvieron a darse la espalda.


Ya de vuelta en Managua, Jonathan, que todavía era virgen, empezó a porfiar con su novia para que le diera una prueba de amor y de ese modo asegurarse de ser hombre. Hasta le había exigido que no usaran condón por varios días seguidos, para estar bien seguro de sentirlo todo. Ocho meses después nació Andrea. Jonathan tuvo que dejar de estudiar y dedicarse sólo a las pacas, pero no le pesaba: había demostrado que era hombre, y eso bastaba. Con Ricardo no hablaron nunca de aquella noche, le habían puesto una piedra al asunto. Alguna vez recordaba el abrazo, pero hasta ahí. Por lo demás, era como si nunca hubiera pasado.


En la esquina los dos amigos planean su venganza. Se les junta Heidi, una prima de Jonathan que había andado un tiempo con Ricardo, cuando los dos eran bien chateles y se daban piquitos en los recreos. —"Ay, corazón, ya me contaron lo que pasó" —le dice a Ricardo, y se abrazan con fuerza. Las lágrimas vuelven a aflorar en los ojos de Ricardo, pero se arrecha consigo mismo y la aparta —"¡No!" —le grita, —"Me vas a hacer llorar". Ella lo mira entre enojada y preocupada, y lo atrae a sus brazos. —"¡Pues llorá! ¿Qué tiene de malo?". Jonathan está por decir también que no hay falla en llorar por la muerte de un hermano, pero Ricardo habla antes que él —"¿No ves que soy hombre? Yo no lloro, me aguanto. En mi casa siempre han dicho que soy el más fuerte, y ahora que sólo yo quedo, tengo que ser más fuerte que antes". A Ricardo le tiembla la voz y se le atora la garganta. Heidi lo vuelve a abrazar en silencio. Ricardo ya no aguanta más, pone las manos en los hombros de su amigo y los tres se abrazan.


Ricardo llora, quedito al comienzo, sintiendo las primeras lágrimas quemándole el rostro y humedeciendo el hombro de Heidi. Intenta resistirse y forcejea, pero al final se abandona, y sólo llora. El odio se va enfriando y va dejando paso a más amor por su hermano, para dejarlo ir en paz y plantar en su corazón los buenos recuerdos.


Quedan un rato los tres abrazados en silencio. Ricardo se separa un poco y mira a los ojos de Heidi con un agradecimiento silencioso. Luego mira a Jonathan, y ambos sonríen. El abrazo se lo dan sin pensar, sin fijarse que sus mejillas se tocan y que sus manos recorren suavemente las espaldas, sin palmotearse, sólo sintiendo.


"¡Ay amorrrr!" —les grita un chavalo a la pasada. Heidi alza el puño con el dedo cordial levantado —"¡Tarado! —le grita, pero Ricardo y Jonathan ya se separan y ocultan la mirada. —"¿Por qué les da pena?" —pregunta Heidi. Ellos no hablan, incómodos. Ricardo aún tiene húmedo el rostro, es la primera vez que llora desde que tenía siete años. En aquella ocasión se le había derramado encima la sopa caliente, y cuando su mamá lo vio llorar le pegó dos cachetadas tan duras que le habían dejado marca. —"Dejá de llorar. Sos hombre y los hombres no lloran, ¡se aguantan, jodido!". Más tarde ese mismo día lo tomó en su regazo y le dijo: —"Tenés que ser fuerte para que nadie te joda, no quiero que te me hagás cochoncito, ¿oíste?". Desde entonces no había vuelto a llorar. Cuando sentía ganas se golpeaba el pecho o se pellizcaba las piernas. Pero ahora piensa que se puede llorar sin perder la fuerza, que se siente rico abrazar a su amigo, que tal vez su mama estaba equivocada.


—"Ya estoy mejor, me hicieron bien los abrazos... me sentí bien con tu abrazo, Jonathan". Los dos amigos se miran a los ojos y algo parece haber cambiado, ya no hay nervios ni ganas de jodedera, sólo el reconocimiento de la nueva experiencia, de algo que se rompe adentro sin saber muy bien qué es, y algo nuevo que germina, chiquito, pero fuerte.


—"A mí siempre me ha dado pena abrazar a otros hombres. Así, pues, con cariño, y no a vergazo, como hacemos siempre" —responde Jonathan en voz baja, no muy seguro de lo que dice. —"Pero bien que no te da pena decirles chochadas a las chavalas cuando estás con la manada" —le recrimina la prima con el ceño fruncido. —"Eso no es lo mismo" —responde Jonathan algo molesto. —"A las mujeres les gusta que uno las enamore, y se visten para provocar, mientras que a los hombres les parece cochonada que otro hombre les diga algo o los toque así, suave". Ricardo escucha la conversación, pero en su mente se está revisando él mismo. Piensa en las veces que ha reprimido sus emociones, o que ha tratado con violencia a las mujeres. Piensa en la de veces que se ha peleado con otros majes, todo por ser el hombre que su mamá le enseñó a ser, el hombre que no debe llorar, que debe ser fuerte y no débil, como le han dicho que es una mujer. Ser un hombre que tiene sexo, pero no amor, que aguanta la vida como si fuera una guerra.


—"No me jodás vos" —responde Heidi. —"Ni a mí ni a ninguna maje que yo conozca nos gustan las vulgaridades que ustedes nos dicen. Pasa que ustedes son los inseguros que tienen que estar demostrando que son hombres, y creen que ser hombre es que les gusten las mujeres". Jonathan se queda pensando y responde. —"Para ustedes es fácil, no tienen que demostrar que son mujeres, mientras que a nosotros siempre nos están diciendo que parecemos cochones, mujeres, maricas. Nuestra hombría siempre está en duda, y nadie quiere que se 'bajen' en él, que se burlen. Hasta nuestra mamá nos dice eso, ¿viste? ¡Las mujeres son las que nos joden!".


—"¡¡¡¡Ya!!!!" —grita Ricardo con las manos en la cabeza. —"A mi hermano lo mataron por eso, porque un cabrón estaba defendiendo sus huevos, su imagen de hombre en el barrio. Yo ya no quiero eso. Estaba pensando cómo matarlo, pero eso es más de lo mismo, ¿no ven? Hacemos cosas que ni entendemos. Yo me sentía mal por no poder llorar, pero no quería reconocerlo… He estado aguantándome, y me da miedo, porque los bróderes lo joden a uno, apenas uno se porta algo distinto ya se burlan, te golpean. Y por eso mismo trato mal a las mujeres, porque si soy cariñoso algunas hasta me reclaman, me piden fuerza, y así me he acostumbrado. Ya no, ya no quiero…". Luego queda en silencio y siente su rostro caliente, se da cuenta entonces de que ha vuelto a llorar, y se siente bien. Ya no le apena que Jonathan y Heidi lo miren, tal vez con otros no sería igual, pero con ellos se siente seguro, y da gracias por eso.


Los tres chavalos se miran, se sientan en la cuneta y poco a poco se van acercando hasta quedar pegaditos uno con otro, una con otro. Se pasan las manos por las espaldas y empiezan a canturrear una tonada. No saben bien por qué están de repente alegres, sueltos, ligeritos de corazón. Sólo saben que la vida parece un poco más fácil, y ellos más unidos que nunca.


En la esquina de la pulpería se juntan todos los chavalos de la cuadra, pero hoy sólo están tres, dos chavalos y una chavala que tejen en silencio una red, apoyándose entre sí, descubriendo otra manera de ser, de vivir, de sentir.


Alberto Sánchez Argüello
2007