martes, 14 de julio de 2009

LAS CINCO Y MEDIA

Cuando Oliver llegó estaba lloviendo, aquello era común en la zona, ahí hasta en verano llovía, mientras en otras partes del pacífico todo estaba más seco que la cantimplora de Montoya.

Había que ver aquel riendazo de agua, era como si algún cipote hubiese rajado el cielo, parecía que nunca se iba a acabar, pero, como sucede en el trópico húmedo, el aguacero terminó de repente, sin dar tiempo para cubrirse, sólo el mínimo para mojarse.


Al comienzo no podía distinguir los cerros, en parte por la densa neblina que ocultaba sus laderas, pero sobre todo por las cuatro noches que tenía de no dormir, los ojos los tenía rojos y la barba bien cortadita, que había lucido dos semanas atrás, ahora parecía nido de oropéndola con todo y ramas secas. Se restregó los ojos con el agua de una "meona" que se encontraba incrustada en un nogal jovencito, la lucidez que aún le quedaba le permitió apreciar los musgos y líquenes que parecían querer pintar de verdes claro oscuros la corteza del árbol.


Cuando pasó al lado de la casa de Don Chico se acordó de su tío, hombre entrecano con rango de teniente en el ejército de liberación, ya ni el nombre le venía en mientes, sería por la fuerza del tiempo o por la insistencia del olvido; su tío se parecía a Don Chico, sólo que más recio y mucho más violento. La verdad es que todo había comenzado por él, primero por los hábitos militares, pero luego por el maltrato constante que no sólo no daba una buena vida, sino que tampoco llegaba a ser una buena muerte. Recodar a su tío le empeoró el dolor de cabeza, se la quería sacar como tornillo y tal vez así dejar de preocuparse por los que los que venían atrás.


La verdad es que Oliver nunca quiso ser "contra", cuando se había hallado con Donaldo Cruz su único pensamiento había sido el de huir lejos de los azotes y la mala comida, no tenía idea de lo que significaba pegar la guinda con aquellas gentes, a sus doce años él sólo sabía que aquellos eran "los otros", y que su tío no lo podría seguir. Así, con diez córdobas dentro de los calzoncillos y mucha hambre por delante, arrancaron para la frontera, sin saber cuando ni como volvería.


En eso desde atrás, donde se cultivan los floripones, salió el hijo mayor de Don Chico, al verlo se echó para atrás como quien mira al cadejo, luego saludó con recelo sin hacer ningún intento por acercarse. Oliver no tenía intención de hacerlo tampoco, sólo levantó su mano cuidando que se disimulará la herida que tenía en el costado. No le costaba mucho disimular, en el entrenamiento le habían dicho que era demasiado chavalo, que no iba a aguantar, que no les hiciera perder el tiempo, pero Oliver llegaría a ser jefe de comando, sólo que tuvo que aguantarse las diarreas por el agua empozada y todas las vergueadas de sus compañeros de entrenamiento. Lo más duro había sido aprender a matar, le fue difícil olvidar sus primeros muertos, siempre soñaba con ellos y las pesadillas le hacían orinarse en la cama, hasta que dejó de soñar, aunque no recordaba cuando había sido; un día en la cama una mujer le preguntó por sus sueños, y cuando quiso recordar no había nada, sólo brumas.


El hijo de Don Chico se metió a su casa, un rancho de madera medio de lado, Oliver lo recordaba más grande, pero claro, en ocho años las cosas cambian. Al recorrer el camino de macadán no se imaginaba que iba a hallar la suya, pensó que alguien la habría vendido después que su tío murió, pero al final ahí estaba, con parte del techo roto por la humedad de los aguaceros, pero sólida y firme con las vigas de roble negro que su abuelo había traído del Cua. Forzó la entrada y se encontró con una nube de perfume de las orquídeas que afloraban desde todas las paredes, sobrálias y algunas epifitas se guarecían en su hogar, a él le resultó agradable tener compañía en su refugio.


A la mañana siguiente la herida había cerrado, pero Oliver tenía la impresión de estar muerto, luego recordó que había soñado con la llegada del comando, y es que su deserción había sido tomada con arrechura por los jefes, no tanto por el mal ejemplo, sino por que él sabía demasiado y no podían arriesgarse a que se soltase con los piricuacos. Cuatro días llevaba ya su huída y ahora había soñado que ellos entraban por la puerta, ahí mismito donde estaba, así, acostado en la cama mohosa de madera le metían toda la carga de las dos "M-16" mientras él miraba la hora, eran las cinco de la mañana. Oliver miró su reloj y vio las manecillas en las cuatro, pero luego se fijó bien y se dio cuenta que el reloj se había parado, respiró más tranquilo pensando que el sueño no podría cumplirse porque su reloj nunca más marcaría la hora de aquella muerte anunciada.

Pasaron los días y Oliver siguió teniendo el mismo sueño, la diferencia era que en la mañana fue perdiendo la ansiedad de sentirse muerto, ya le parecía que a más veces que lo matasen mientras soñaba más se alejaba el comando de encontrarlo, Oliver llegó a pensar que la pena la cargaría eternamente en sus sueños. El sueño funcionaba como su despertador, cuando acababan de soltarle los magazines se despertaba tocándose el reloj, sólo para comprobar que seguía en las cuatro.


Los días eran iguales, robaba algunas guineas a Freddy su vecino, que a pesar de darse cuenta prefería evitarse problemas con "Oscar", que era el nombre de comando de Oliver, un nombre que en varios de aquellos lados se manejaba con temor. En las tardes se iba a la cascada y se quedaba horas viendo hacia la puerta de los duendes, calculando cual era el mejor lado de la piedra para entrar en aquella caverna que desde chiquito le había fascinado.


Un jueves se acostó de lado izquierdo viendo hacia la puerta, estaba tan acostumbrado al sueño que ya hasta se dormía en la misma posición con que se despertaba, esa noche decidió dejar de preocuparse y lanzó el reloj hacia la pared, que en vez de quebrarse rebotó y cayó al lado de la cama.


En la mañana se levantó con suavidad y luego se acostó de nuevo, entonces se dio cuenta de que algo había cambiado, esta vez no había soñado nada, sólo bastó ese pensamiento para que entrase el comando por la puerta y le descargaran las balas mientras lo miraban a los ojos, él todavía tuvo tiempo de ver hacia el suelo y darse cuenta que el reloj se había echado a andar con el golpe, aunque se había adelantado un poco: eran las cinco y media.


ASA Julio 16 2002