martes, 14 de julio de 2009

EL HACEDOR DE LLUVIA


Cuando yo era joven conocí a Germán, era un poco más alto que yo, de contextura recia, con un rostro que parecía modelado de aquellas efigies monumentales de los Olmecas. Al caminar sus movimientos oscilantes asemejaban un péndulo arrítmico, y más de alguna vez tropezaba con una que otra acera mal intencionada.


En aquel entonces alquilaba un cuarto en la casa de Roberto, ser humano entrañable con la gracia de un cómico español que agotaba mi vista en la televisión de los años ochenta. Aunque es posible que me haya excedido al llamarle cuarto al sitio donde habitaba Germán, no es que no lo fuese, en términos de espacio y estructura correspondía a lo que usted y yo llamaríamos una habitación, pero algunas horas después de la mudanza de "El Dantito", como le llamaba mi padre, aquel lugar había adquirido un aspecto selvático, casi difuso. Roberto proclamaba, a quien estuviese interesado en escucharle, que aquel lugar ya no era parte de su casa, sino que era la "zona cero", un sitio de desastre terrorista donde la ropa apiñada, los libros tirados y los diferentes artefactos de estudio dibujaban el panorama de una guarida caótica.


Germán soportaba estoicamente las bromas, al fin y al cabo era su propio ser, su esencia, el desorden le salía tan natural que cuando iba al servicio en otras casas se generaba una especie de vorágine en el interior y el mismo patrón confuso sustituía los decorados urbanos de los baños y hasta el papel higiénico aparecía en forma de serpentinas en las duchas.


Lo curioso es que más de alguna vez Germán había intentado cambiar, las novias, cuando tenía tiempo y dineros para tener una, lo conminaban a mejorar y entre pactos y acuerdos mi amigo tomaba grandes resoluciones, pero sólo lograba empeorar más las condiciones de su entorno, era como si el espacio tiempo reaccionara a su presencia, semejante a la curvatura del espacio generada por objetos masivos.


Un día me lo encontré lavando ropa mientras llovía y no me atreví a criticarlo, pensé que sería algún extraño hábito contraído en los viajes que había empezado a hacer al norte del país; pero Roberto me sacó de dudas sin siquiera haberle preguntado, "siempre llueve cuando el lava" me dijo desde la cocina como si supiera lo que estaba pensando.


Al comienzo aquello me había parecido no más que otra broma ingeniosa, tal vez algo pesada tomando en cuenta el trabajo que le daba al amigo secar la ropa en un día sin sol. Para más el mismo Germán sonreía cuando Roberto le preguntaba si iba a lavar en la mañana para llamar por teléfono a sus amigas de Managua y darse "caché" presagiando lluvia.


A la larga aquello no hubiera pasado a más dada mi naturaleza escéptica, pero se fue haciendo cada vez más evidente la simultaneidad de las acciones de Germán en el lavandero de cemento y las fuertes lluvias, incluso a pleno sol y sin una nube en el cielo.

Una mañana me puse a hablar seriamente con él, le pregunté si no le parecía extraño lo de la lluvia, pero a él aquello no le impresionaba, decía que le parecía ridículo pensar siquiera en una relación causal. Después de algunas horas le convencí de llevar a cabo ciertos experimentos controlados, para dilucidar de una vez por todas el fenómeno.


En la siguiente semana condujimos todo tipo de experimentos: Germán lavó ropa ajena y propia, sólo prendas íntimas o sólo ropa de vestir, luego ropa de cama; a veces Roberto lavaba la ropa de Germán; en algunos controles sólo se usó agua, en otros diferentes detergentes y hasta sebo de chancho por sugerencia de una vecina curiosa...


Al final concluimos que existía una relación directamente proporcional entre Germán lavando ropa variada en abundancia con jabón verde y la cantidad de precipitación pluvial, en una proporción de dos a una, es decir, de dos prendas por milímetro cúbico de agua, excepto los calzoncillos que por alguna razón incomprensible generaban siempre cuatro punto cinco milímetros el par.


Estando en aquellos procedimientos nuestra vecina se dedicó a la labor seria del chisme desinformante y llegó el día en que nos encontramos con un artículo en las páginas rojas de un diario local, aquel alegremente nos ridiculizaba como un trío de locos con fijaciones fálicas y algunos sueños mojados, sin embargo el escrito suscitó cierto interés en los medios y al poco tiempo fuimos visitados por todo tipo personajes, al comienzo rehusamos la publicidad, pero poco a poco fuimos cediendo ante la promesa de una fama dudosa. A todos mostrábamos nuestros estudios basados en el método científico, pero nadie se interesaba en los mismos, sólo querían ver a Germán lavar, tomarle fotos a sus calzoncillos, saber de su vida sexual, sus parafilias, sus dietas mal logradas... en fin, la nota amarilla en su más pura expresión.


No faltó mucho para que la casa se llenara de curiosos y hasta se empezó a ver una especie de peregrinaje desde lugares tan remotos como Nueva Guinea y Musawas. Tiempo después me di cuenta que Roberto estaba vendiendo clandestinamente trozos de la ropa vieja de Germán, con la promesa de que poseían propiedades curativas, sobre todo en los casos de reuma y gota.


Germán y yo nos fuimos cansando de todo aquello, fueron tantos los estafadores y fanáticos que nos visitaron que con dificultad recuerdo sus rostros. La única visita que tuvo cierto interés fue la un antropólogo guatemalteco que, atraído por la lluvia de noticias, se decidió a investigar de primera mano el fenómeno.

El hombre se llamaba Tobías Echeverri, sujeto de aspecto bonachón, con una cara pasiva, un poco falderillo, siempre andaba de sandalias, incluso cuando llovía. Se nos presentó como un estudioso de las culturas Maya y Azteca y que se encontraba en posesión de un documento extraordinario: la única crónica de indias apócrifa, escrita por un tal Ovidio Ortez de la Masa, hombre docto y polifacético caído en desgracia ante las majestades católicas por una atracción inconfesable hacia los canes.


El cronista en cuestión había sido el único en documentar la existencia de una tribu centroamericana descendiente directa de los Mayas: Los Tapir-itze, un pequeño grupo de hombres y mujeres, que al igual que los Nicaraos emigraron por causa del hostigamiento de los Olmecas, asentándose de manera dispersa en el istmo.


En la crónica, además de descripciones extensas e impúdicas de los xulos que deambulaban por la tribu, Ortez había dejado plasmados los rituales de la tribu, sobre todo aquellos dedicados al agua. Llegados a este punto Germán y yo ya estábamos un poco moscas con el investigador, pero al final, más movidos por la curiosidad que por una fe científica, le seguimos escuchando.


Los Tapirt-itze, según el zoofílico aquel, tenían un panteón mezclado, con préstamos de los Mayas y Aztecas, por lo cual se decían hijos del matrimonio entre Chalchiuhtlicue y Chac. La Primera, era la diosa del agua y el segundo el Dios de la lluvia, lo interesante, según hacía notar Echeverri con grandes gestos y ojos de expiación alucinada, eran los rituales que se celebraban para honrar a Chac: en ellos tres jóvenes mancebos que aún no habían probado su hombría, lavaban sus ropas en noches de luna llena, uno a la vez durante tres meses. Aquel que lograba agradar al Dios era bendecido con la lluvia divina y era inmediatamente agasajado por todos, por el contrario, si no se obtenía la lluvia el mancebo era condenado al sacrificio por testiculación, es decir, se le colgaba de los testículos desde el palo mayor del templo durante lo que faltase del año.


Mientras Germán y yo nos imaginábamos el temible dolor de aquel mancebo colgado de lo más blando, Echeverri nos hizo notar el extraordinario parecido que existía entre aquellos rituales y los fenómenos que habíamos visto en casa. Instó a Germán a mostrarle su árbol genealógico e incluso nos invitó a acompañarlo a la ruta pérdida de los Tapir-itze descrita por Ortez hace cuatrocientos años.


Germán y yo nos quedamos viendo y luego soltamos una carcajada tan fuerte que se nos fue el aire, ni tuvimos que responderle al atribulado antropólogo, al pobre sólo le quedó la dignidad de dejarnos su tarjeta y esperar nuestro llamado.

El asunto poco a poco dejó de ser noticia, a los meses alguien dijo haber encontrado un gato que sabía maullar en francés y obtuvo la primera plana en varios diarios de prestigio, nosotros seguimos nuestra vida, Germán desistió de la lavada artesanal y se compró una máquina lavadora, no se volvió a ver la lluvia, aunque no dejó de haber quienes le acusaran de haber causado el Mitch, entre ellos la famosa vecina.

Alberto Sánchez Argüello

Noviembre 2003